Diario de León
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Froenterizos | miguel a. varela

La presentación por parte de la Junta de unas líneas básicas para la reforma de la Ley de la Comarca del Bierzo ha abierto uno de esos habituales debates mediáticos, con gran despliegue gestual e ingeniosas grandilocuencias, que tiene en este caso la ventaja de hacer las delicias de los becarios en las escuálidas redacciones periodísticas de verano. Un debate que, me temo, seguirá los cauces estrictamente políticos, sin dejar la menor huella más allá de los círculos iniciados. Fuera de esa minoría, los ardientes requiebros públicos sobre la necesaria reforma de la ley que desde hace 18 años reconoce al Bierzo como un espacio singular en el ámbito autonómico no traspasarán el ámbito de la escenificación política y, como se decía en el lenguaje teatral, se dirigirán a un público «pintado» que siente ante el espectáculo la más cruel de las indiferencias.

Este desinterés por los avatares de una ley de innegable trascendencia para la comarca pone de manifiesto el gran fracaso colectivo del experimento montado por el gobierno regional de Aznar hace casi dos décadas, convertido preferentemente en mesa de ping-pong de las rivalidades partidistas o en plataforma personal de lanzamiento para más altos menesteres, habitado por un número a todas luces excesivo de consejeros celosos de su pequeña parcela territorial e incapaces de hacer crecer la institución de abajo hacia arriba. Los bercianos ignoran al Consejo Comarcal y a sus cuitas, siguen sin saber qué es y a qué se dedica, huyen de sus polémicas y desconocen sus servicios. Y poco ha hecho en su historia el Consejo para corregir esa tendencia: muy poco por fomentar el desarrollo de una cultura comarcal, un pie básico en el que debe apoyarse una institución política que sobrevuela por un territorio tal vez menos cohesionado de lo que creemos. O de lo que creen los iniciados que ahora lanzan al vacío sus discursos.

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