Pousadas y paradores
Contracorriente | miguel paz
Viene uno de pasar unos días en Aveiro, uno de esos rincones melancólicos y pintorescos que esconde Portugal, y de pegarse luego el capricho de alojarse dos noches en el que se tiene por uno de los mejores Paradores de España. Buen trato y entornos magníficos, aunque al llegar el servicio olvida mi maleta en el hall y se desentiende de subirla por las escaleras que conducen al ascensor, a diferencia de otros clientes que, desembarcados de un mercedes, y con aire probablemente más ari stocrático que el mío, parecen disponer de un plus de atención. Como es tarde, decido comer allí mismo y descubro una especie de mosquito tigre flotando entre las patatas, lo que lleva al maitre, amén de ofrecerme sinceras disculpas, que ordene que no me cobren el caldo, lo que me recuerda que el resarcimiento a lo mejor se hubiese extendido, en otras épocas doradas o en blanco y negro, a todo el menú. Por la noche me sirven una cerveza caliente, algo que el barman admite con rostro compungido, aunque la que la sustituye está sólo un poco más fresca. Los dos días me agasajan con un desayuno real, sí bien tardan un cuarto de hora clavado en traerme el café con leche y cuando me voy el mozo de las maletas, seguramente por circunstancias ajenas a su voluntad, ha desaparecido de la zona de recepción. La factura es sumamente elevada, pero ya me la esperaba y nadie me obligó a pernoctar allí. Seguramente algunos de ustedes estarán barruntando que estos nimios percances me sucedieron en Portugal, pero como ahora se llevan las historias de misterio, les dejaré con la duda sin resolver. No obstante, y aunque no venga a cuento, no tengo reparo en comentarles que para lo que queda de verano he elegido como lectura una novela de Lobo Antunes, sin duda uno de los mejores escritores vivos que nos quedan a este lado de los Pirineos.