Cuando la luz tenue de la luna alumbraba más que el sol
Tribuna | Fernando GARCÍA MARTÍNEZ
Cuando Arístides (es decir, nosotros) examina su conciencia al caer la noche en las vigilias diarias de su sueño, dos pensamientos contrapuestos hacen que su descanso se demore en la penumbra de su alcoba.
Rememora, en esos momentos de vela, aquellos rayos tenues de la luna que sorprendentemente iluminaban fuerte el caminar de sus pasos en la infancia. No había rincón sin luz. No había normas sin un fin. No había ámbitos sin esperanza. La fe era el nervio de la razón. El honor y la palabra dada, la firma sin retroceso. Las dudas apenas si existían, porque la rectitud de los mayores iluminaba con toda claridad las vías de las conciencias, aún blancas y débiles. No había tampoco traumas infantiles que progresaran en el tiempo. Él los vivió y está agradecido por ello. Si su maestro le había impuesto un castigo o había azotado con la regla su culo, todavía inmaculado y terso, se abstenía muy sabiamente de contárselo a sus padres para evitar la duplicidad de la pena. Eran realmente tiempos de claridad a pesar de la tenue luz de la luna. Ahora recuerda con nostalgia cuánto disfrutó de la niñez y de la juventud. Siempre se sentía fiel a sí mismo y exultante. Y sentía también en su espíritu que los velados pero seguros principios que le inculcaban los mayores con hechos y con palabras para afrontar la vida, le enseñaban abiertamente a distinguir con claridad lo que era el bien y lo que era el mal. La inmensa fe licidad de saber divertirse sanamente y las limitaciones justas que daban alas al entendimiento ignorante de la vida para recapacitar sobre la misma y ver el verdadero sentido feliz que impone la sensatez, hacían de él y de la sociedad en general un oasis grande de bienestar que transcendería el tiempo de su existencia. Siempre la luz tenue de la luna era norte fiel que guiaba, inquebrantable, sus pasos. ¡Qué tiempos!
Ahora el otro Arístides (los otros nosotros), tiene el fulgor brillante del sol que le muestra desde que es pequeño el sendero despejado y divertido, pero tortuoso, del tiempo en que vivimos. No hay tapujos. No hay tabús. Ni en público ni en privado. ¡Qué progreso ! Va hacia las entrañas de lo desconocido, directamente, sin importarle el riesgo de tal atrevimiento. La vida hay que vivirla a tope, al precio que sea y deprisa, le dicen y le enseñan los dioses de este mundo. No tengas complejos. Debes gastar tu energía en apurar enteramente el cáliz de la concupiscencia, de la droga, del libertinaje y del atropello, pensando que no merece la pena quedarse estancado en el corto caminar de la existencia. Así, lo prueba todo, pero no disfruta de nada. Así, se adentra estúpidamente en alta mar para quedar engullido pronto por la apatía y la desgana. Y la sociedad y los padres, culpables en sumo grado por su dejadez en la formación, le defienden a ultranza en cualquier escenario. Piensan que su pequeño arístides es un santo. Que no es como los demás. Se portará mal en clase, no estudiará, pero el profesor que no le levante la voz, que puede traumatizarlo. Y si esto sucediere, allá va el padre, furioso, a defender la «inocente» conducta de su hijo. Que no le diga tampoco el médico de urgencias a sus padres, si un fin de semana aparece en el hospital malparado por los excesos, a ver qué ha bebido o qué tipo de droga ha tomado. Nuestro hijo es sano, responderán intemperantes. ¿Cómo se atreve usted a desconfiar? Nos está realmente ofendiendo. Tal vez después, la segunda, no tenga ya una tercera oportunidad. Este es el sol, el Arístides de ahora, que nos deslumbra, sí, con sus rayos cegadores pero que nos sumerge l amentablemente en el espejismo irreal de la vida.