Diario de León
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Aquí y ahora | MURO de íscar

Si ellos no estuvieran allí, jugándose la vida y, muchas veces, perdiéndola o sufriendo graves heridas, no sabríamos el horror de lo que pasa en las guerras ni los desmanes de los que es capaz el hombre, ni el miedo de los niños, de las mujeres, de las víctimas ante la sinrazón de la fuerza. La última víctima, el último fotoperiodista español que ha pagado su vocación y su trabajo con sangre, ha sido Emilio Morenatti, autor de muchas fotografías terribles y hermosas. Perdió un pie tras un atentado talibán en Afganistán, aunque ha salvado la vida. Al menos, lo puede contar. La vida de un fotógrafo en una guerra no vale nada y, lo que es peor, sus asesinos casi nunca son juzgados ni condenados. Ni hay interés ni voluntad. Que se lo digan a los familiares de José Couso.

Cuando vean esas fotografías que impactan anoten en su mente el nombre del fotógrafo. Levantan su cámara contra el odio, tal vez porque nosotros, toda la humanidad, no hemos sido capaces de poner punto final a las guerras fratricidas y descalificar a los que se lucran de ellas, viven de la muerte de otros y de la venta de armas a los poderosos sin escrúpulos. Emilio Morenatti y su mujer, Marta Ramoneda, también fotógrafa, eligieron un campo de refugiados en Líbano, saltándose todos los controles militares, para su luna de miel. Mi admiración por estos fotoperiodistas, casi siempre sin reconocimiento, que están en la guerra, que forman parte de ella para mostrarnos lo mejor y lo peor del hombre. No es bueno que ellos ocupen las primeras páginas de los periódicos. Prefiero que allí estén las fotografías que hacen cada día.

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