Diario de León
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Tribuna | MARÍA DOLORES ROJO LÓPEZ

Muchos de nosotros tenemos aún cercano el recuerd o de la playa y junto a él, la sensación de tolerancia de la propia imagen vivida en ella. En la playa todo vale. Pisar la arena transforma inmediatamente los complejos en males comunes compartidos que hacen perder fuerza y agresión a los fantasmas que nos acompañan cuando tenemos que comprarnos ropa. Es la ausencia de rutinas laborales lo que proporciona a nuestra mente el colchón necesario para sentirnos a gusto. No hay horarios, ni prisas, ni presiones de compañeros o jefes. Desvestidos de prejuicios y con la toalla al viento ondeamos la bandera de la tolerancia mejor que nunca. No sólo somos permisivos con nuestros propios michelines, arrugas o defectos, sino que por una vez, y en este contexto, somos capaces de perdonárselos a los demás. Es el único momento en el que no nos paramos a pensar en lo que nos acompleja e incluso, ante el espejismo de un agua tan deseada como atrayente, somos capaces de embutirnos en bikinis que apenas nos sirven o en bañadores dos tallas menores en la ilusión de que aún nos valen. Sentirse joven es fácil entonces. Te ves rodeado de parejas acarameladas, de niños juguetones que esparcen arena sin piedad, de jovencitas cañeras con coca-colas light, de muchachos con «tableta de chocolate» en sus abdominales, de señoras vetustas al estilo duquesa de Alba, de suegras parlanchinas, maridos hartos de bocadillos llenos de arena y sobre todo de mujeres embarazadas capaces de recordarnos que el disfrute, sea como sea, es obligado.

El fenómeno que opera en esta particular realidad veraniega es de verdadera transformación mental. Se trata de un cambio repentino que sufrimos al bajar las escaleras de acceso a la arena y termina cuando volvemos a subirlas. Porque en realidad, la mayoría perdemos en bañador, aunque acertemos con el modelo. Pero lo que realmente nos hace comprensivos en esta situación, es la falta de competitividad que se establece frente al mar. Posiblemente sea su inmensidad inconmensurable la que extiende su manto y unifica lo dispar porque, efectivamente, esta tolerancia no se ejerce en la piscina. El reducido espacio, la limitada cantidad de agua y la escasa hierba que la rodea imponen su tiranía haciendo que lo que es complacencia en la playa se vuelva autocrítica y juicio gratuito en este recinto. En la costa sin embargo, a orillas del mar y su interminable horizonte, junto al contraste de calor y frío que se produce al pisar el borde de intersección entre la arena y la espuma de las olas que besan de frente, con el sol iluminando cada zona oscura de nuestros pensamientos y el cielo abierto a nuestra esperanza, todo parece posible. Incluso las más deliciosas fraternidades surgen entonces y la amistad ocasional no es difícil que surja frente a malhechores ajenos al vulgo que poblamos este espacio. No es raro, entonces, estar dispuestos a cuidar toallas y pertenencias ajenas, devolver un balón despistado o colaborar en la reconstrucción de un castillo de arena que alguien, de forma descuidada, ha pisado en su paseo frenético por el litoral en busca de la pérdida de esos gramos que recuperará rápidamente con el primer bocata. Hay una mayor alegría, mejor humor y una predisposición para mantener el bienestar propio y ajeno a cualquier precio. Por ello, nos vemos de pronto hablando con desconocidos cuyo acercamiento hubiese sido impensable en otras circunstancias o compartiendo melocotones con los vecinos de toalla, sin haber cruzado palabra con ellos. Todo se fraternaliza para hacer fácil la vida al resto y seguir gozando de nuestro pedacito de gloria, por unos días. Incluso ni siquiera llega a molestarnos la voz del inmigrante de turno que ofrece, una y otra vez, bebida fresca haciendo malabares entre las toallas, botes de cremas, palas y cubos o revistas del corazón. También es tiempo de lecturas a poder ser no demasiado profundas. El sonido del mar y esa espera necesaria para tostar la piel deja un tiempo de oro para entregarnos a la lectura voraz del libro de moda. Contraportadas negras con una la niña de rojo atada en una cama, se repiten sinuosamente encima de toallas o al abrigo del bolso playero redimiendo al libro del deterioro de la arena. Y es que queremos ejercitar, en este contexto de bondades a la carta, todo aquello que nos parece propio del disfrute pleno. Músicas, lecturas, soledades y silencios interiores que todos buscamos en la vorágine de nuestros días urbanos, son posibles ahora que permitimos que los demás hagan lo que quieran mientras hacemos lo que nos apetece. Incluso las preocupaciones se posponen en estos días. Ni siquiera nos preocupan los kilos y no dudamos en comer hamburguesas, bocadillos, pizzas o cualquier tipo de comida rápida si eso acelera los tiempos o aligera el peso de los gastos globales que suelen elevarse siempre más de lo previsto. La permisión abarca a todos y a todo. Tampoco nos dejamos caer en la opresión de los problemas de inmediata solución a nuestro regreso. Nos perdonamos mejor que nunca a nosotros mismos. Desterramos al juez que todos llevamos dentro para abrir la puerta al mejor amigo interior y somos capaces, como nunca, de vivir el momento presente con la máxima intensidad. Toda una entelequia del cerebro para tratar de afianzar los estímulos conscientes de la felicidad que debemos dosificar a la vuelta. Sin embargo, este castillo de naipes jalonado de sol, arena y chiringuito se pierde en nuestra memoria con la rapidez y a la velocidad que se destiñe el moreno que brilla en nuestra piel.

La vuelta siempre obliga al reajuste mental. Terminada la tolerancia gratuita y la permisividad propia y ajena, nos vemos obligados a hundir la llave en la puerta de nuestra casa para entrar en el escenario de las rutinas diarias. Pero es precisamente en ese momento en el cual entendemos que el cerebro siempre está de nuestro lado y junto a la sensación de perder los placeres vacacionales aparece el sentimiento fiero de pertenencia a lo propio, reconociendo entonces que como en casa no se está en ningún lugar. En ese instante también te das cuenta de que en tu viaje has podido comprobar que mires por donde mires siempre te has encontrado a alguien peor que te recuerda lo estupendo que eres. Ese, en definitiva, es el verdadero regalo de las vacaciones.

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