Misterio en la calle Ancha
El aullido | luis artigue
Era rubia y alta como una Ofelia prerafaelista, de rostro aguzado, soñador, ojos claros y maneras de quien sabe que la pana le sienta como la seda-¦
Oh, ella, con su violín en medio de la calle Ancha, tocando baladas desgarradoras totalmente ensimismada, y bailando a la vez al ritmo de su música, corcheas, tiempo, mientras dotaba de un fondo musical al fatigado corazón de los viandantes. Le dejé unas monedas en el estuche del violín y me coloqué de frente, al otro lado de la calle y de la vida, espectador que soy de esta ciudad buscando siempre (una señora capaz de defender su bolsa de la compra con la vida pasó frente a ella, frente a mí, indiferente).
Y me senté en el suelo, el frío, el suelo, los turistas que suben o bajan de la catedral, la luz como trigal de este verano de increíble belleza, la violinista-¦ En un determinado punto, tal vez había pasado un minuto o una hora, ella terminó otra pieza y me miró. ¡Era el momento!
Me incorporé y me dirigí a ella, descubriendo así que procedía de Albania y no hablaba más que un poquito de español, pero muy buen inglés. Conversamos acerca de su país, de la misteriosa historia de su violín, de viajes... Y como nada amo más que la gente con algo que contar o buen oído, se me ocurrió, cómo no, invitarla a cenar y sorprendentemente aceptó. Entonces me dijo que huía del hambre y la vida dura de su lugar de origen; me explicó que era hija de campesinos y, aunque había podido estudiar en la Universidad de Tirana porque tenía familiares, allí no había trabajo para ella y en vez de volver al pueblo prefirió emigrar. Llevaba varios meses empleada en Italia pero ahora se le había terminado el visado y por eso se había vuelto a poner en ruta. ¡Qué valiente eres!, le dije en algún instante. Ahora, con su violín nómada, venía desde Francia haciendo el Camino de Santiago y tocando de ciudad en ciudad e intentando de paso obtener los papeles que la permitieran «empezar a vivir en algún sitio», como ella misma dijo...
Hablamos mucho ante una botella de vino, tal vez para que aquello durara. Antes de despedirnos me regaló una hermosa composición suya para violín, efímera pero eterna. Entonces llegué a casa y me puse a escribir como poseso-¦ (la gente que me conoce pensará que me lo he inventado todo y ésa es una incógnita que no pienso despejar. De todas formas está bien saber que los músicos de la calle Ancha también tienen su historia, y es una historia trágica de sonrisas y alambre en algunas ocasiones).
Ésta era la violinista. Como en las buenas novelas si su historia significa algo o no significa nada no debe decirlo la historia misma. Aún así la próxima vez que vayan a la calle Ancha, tal vez se la encuentren: su melena rubia, sus ojos azules como el cielo de los cuentos, el violín, la música... Si les ocurre, si tras escuchar sin urgencia una de sus baladas logran conversar con ella; si les habla de la vida, de la espuma de cerveza y lo pronto que anochece en Centroeuropa, por favor, díganle que Luis cumplió la promesa que le hizo y ha escrito esto.