Diario de León
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El rincón | manuel alcántara

No de la fiesta llamada nacional, sino de las fiestas que se celebran en sus pueblos, para conmemorar al santo patrono, que es muy milagroso. Estamos en agosto y ya han muerto cinco personas en encierros y capeas populares, con pena y sin gloria. Los toreros saben lo que buscan y lo que pueden encontrar: la plaza es una ruleta donde se sortea la suerte y la muerte, pero ellos sueñan con la gloria redonda de los volcanes de arena y también con los cortijos que hay detrás de sus pases naturales. No es lo mismo aspirar a una página del Cossío que a una esquela en la hoja parroquial de su comarca. ¿Cómo va a ser igual vestirse de torero, como un sacerdote se atavía para el rito litúrgico, que tirarse de espontáneo, aproximadamente borracho, en busca de la eventual admiración de los lugareños?

Fue Eugenio Noel el que más luchó en su época contra la barbarie de esta variedad de festejos consistentes en martirizar al tótem ibérico. Un tipo curioso don Eugenio. Autodidacta, republicano, anticlerical y furibundo enemigo de los toros. Estuvo en el seminario y en la Guerra de África. Escribió Las capeas , además de muchas obras de mérito, pero sus contemporáneos le tomaron a cachondeo. Era un señor extravagante, con pinta de violinista de café, y tenía fama de loco. ¿Cómo no iba a estar algo tocado si pretendía regenerar a los españoles de su tiempo a través de la cultura?

Cinco personas han dejado de divertirse en plenas fiestas. El último por ahora era un muchacho de poco más de dieciséis años, arrollado por un cabestro. Tenía, por lo tanto, la edad reglamentaria para participar en el siniestro encierro, aunque le faltaran dos para poder fumar y conducir. El ayuntamiento de su pueblo ha decretado luto oficial.

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