Cincuenta años de modernización
Panorama | antonio papell
Está fuera de duda que el gran hito que marca nuestra contemporaneidad es el fin del franquismo, a partir del cual arrancó la construcción y desarrollo de la fecunda etapa democrática en que estamos gozosamente embarcados. 1975, año de la muerte del dictador, es pues el punto de inflexión de referencia de los españoles adultos, y difícilmente lo podríamos ver de otra manera. Sin embargo, algún intelectual de prestigio -”como el constitucionalista Francesc de Carreras-” ha conmemorado el quincuagésimo aniversario del Plan de Estabilización de 1959, que de hecho colocó a España en el contexto internacional y sentó las bases de un desarrollo económico interconectado con su entorno que facilitó después, e incluso hizo posible, el despegue de la democracia. La historia es bien conocida: en 1957, tuvo lugar un cambio de gobierno auspiciado por Carrero Blanco, en el que entraron en el gabinete algunos personajes del Opus Dei con buena preparación económica y jurídica; eran los llamados, es decir, basada en la autosuficiencia, y los recién llegados propusieron la apertura hacia el exterior, una heterodoxia para el neofascismo falangista.
Con toda probabilidad, no hubieran logrado doblegar los dogmas del régimen de no haberse convencido Franco de que las reservas existentes no permitían ni siquiera seguir importando petróleo ni acceder a más créditos, al tiempo que se cernía sobre España la amenaza de una suspensión de pagos internacional. Un informe de la OECE (después OCDE) de 1959 marcó las pautas de la transformación económica, que se plasmó en un plan elaborado por los dos economistas más prestigiosos de la época: Enrique Fuentes Quintana -”quien volvió a tener relevancia decisiva durante la Transición-” y el catalán Joan Sardá Dexeus. El Plan, combatido por los ministros más nacionalistas, fue aprobado por el Gobierno en marzo y presentado por Ullastres a las Cortes en julio de aquel año.
Las pautas de aquel plan fueron la estabilización económica, el fortalecimiento de la peseta, el control de la inflación, el fomento de la inversión extranjera y equilibrio presupuestario mediante una reforma fiscal. Y aquellas medidas, unidas a la relajación de la hostilidad internacional contra el franquismo, provocaron el despegue -”el milagro español-”, que sacó al país de la miseria y sentó las bases de una transformación paulatina y global que tuvo lentamente trascendencia también política. No en vano Marx había diagnosticado que las transformaciones socioeconómicas terminan generando inapelablemente una evolución ideológica y política. Mucho se ha escrito de aquella apertura, en que el desarrollo económico, la emigración y el turismo liberaron las mentes de los españoles. El régimen fue incapaz de acompañar a la sociedad en sus anhelos de democracia y homologación con Europa y se resistió hasta el último momento a revisar sus anacronismos, pero tuvo que ceder en muchos sentidos a una presión social de desafección que se fue haciendo notoria en la última etapa del franquismo. a muerte del dictador se produjo en fin cuando la ciudadanía había adquirido el grado de madurez suficiente para llevar a cabo la costosa y difícil transición. Probablemente, sin aquella previa reforma de 1959, este país, empobrecido y atrasado, hubiera encontrado muchas más dificultades para protagonizar pacíficamente la definitiva entronización de la libertad.