La teleinversión
Tribuna | José Luis Gavilanes Laso
ESCRITOR
Uno ha vivido, no sé si ya lo suficiente, pero, al menos, le ha tocado vivir para observar en toda su extensión un fenómeno que, con momentos de gloria y de miseria, cumple ahora cincuenta años de su inauguración en España. Recuerdo con exactitud cómo la televisión era sólo disfrute para unos pocos, y cómo la pobre señal de imagen llegaba a León por un único canal, adornada de copos de nieve y propaganda oficial, antes de que implantaran, como un gran ciprés con oreja, el repetidor del alto de El Portillo. Y también soy de los que echo de menos algunos programas de antaño, mucho más edificantes que ciertas porquerías de hogaño.
De acuerdo con Giovanni Sartori, premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2005, cada vez más estamos mudando nuestra cualidad de homo sapiens a la de homo videns , esto es, de la preponderancia de lo visible sobre lo inteligible, lo cual nos lleva a un ver sin entender del ciudadano dominado por el principal aparato emisor de imágenes, el televisor. El postulado principal de esta tesis es que la televisión modifica radicalmente y empobrece el aparato cognoscitivo. Se dice, en una engañosa hipérbole, que una imagen vale más que mil palabras; pero, se me antoja, que, a la vez y desgraciadamente, las evita. Porque la televisión modifica la naturaleza misma de la comunicación, pues la traslada del contexto de la palabra (impresa o radiotransmitida) al contexto de la imagen. La diferencia es radical porque la palabra es un símbolo que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender. Y entendemos la palabra sólo si podemos, es decir, si conocemos la lengua a la que pertenece; en caso contrario, es letra muerta, un signo o un sonido cualquiera. Por el contrario, la imagen es pura y simplemente representación visual. La imagen se ve y eso es suficiente; y para verla basta con poseer el sentido de la vista, basta con no ser ciegos. La imagen no se ve en chino, árabe o inglés, se ve y es suficiente. La televisión no es un anejo; es sobre todo una sustitución que modifica sustancialmente la relación entre entender y ver. De acuerdo con esta tesis de Sartori, la televisión está produciendo una permutación, una metamorfosis que revierte en la naturaleza misma del homo sapiens. No es sólo instrumento de comunicación, es también un medium que genera un nuevo ántrhopos , un nuevo tipo de ser humano. Esta tesis se fundamenta, como premisa principal, en el puro y simple hecho de que los niños ven la televisión durante horas y horas, antes de aprender a leer y a escribir. Y el niño formado en la im ag en es un niño que «no lee», y, por tanto, la mayoría de las veces, es un ser «reblandecido por la televisión», adepto de por vida a los videojuegos. Al principio ya no será la palabra, sino la imagen. Es verdad que la televisión estimula, es un paso adelante, un progreso indudable; pero es, también, una regresión: el empobrecimiento de la capacidad de entender. Tesis y antítesis; ¿y cuál será la síntesis? En cualquier caso, el lado positivo de la televisión se encuentra con otra desventaja que la empobrece definitivamente frente a la palabra oída o escrita: el hecho de que casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras abstractas que no tienen correlato en cosas visibles, y cuyo significado no se puede trasladar ni traducir en imágenes. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender, aunque no llegue a bloquearla por entero. Si, como vemos desgraciadamente, las preferencias de la audiencia se concentran, bien en los programas de morbo y famoseo escandaloso, bien en las páginas de sucesos y de deportes, bien en festivales musicales, y no en piezas de teatro o de debate público, por ejemplo, es porque las cadenas televisivas han producido ciudadanos que no saben nada o no quieren saber nada de lo demás, que se interesan sólo por asuntos triviales. No pienso, luego existo.
Y de la televisión pasamos a otra moda aún más contemporánea y revolucionaria: internet. El problema es si internet producirá o no un crecimiento cultural. En teoría debería ser así, pues al que busca, por ejemplo, el remedio casero para curar el herpes labial después de mucha reiteración farmacéutica sin éxito, o la frase final de la película Con faldas y a lo loco , el Google se lo proporciona. La cuestión es qué número de personas utilizan internet como instrumento de conocimiento y cuántas como recreo o perversión. El obstáculo, durante este largo camino, es que el niño de tres o cuatro años se inicia con la televisión. Por tanto, cuando llega a internet su interés cognoscitivo no está sensibilizado para la abstracción. No entiende. Se dice, por contra, que el concepto es elitista, esto es, regresión; mientras que la imagen es democrática, o sea, progreso. A diferencia de los progresistas del momento, los progresistas del pasado nunca han fingido que no entendían que todo progreso de la democracia, esto es, de auténtico poder del pueblo, dependía de un «demos participativo» interesado e informado sobre política. Por eso, desde hace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causa del alto grado de desinterés y de ignorancia del ciudadano medio en asuntos políticos. De la ideologización y politización excesiva hemos pasado al apoliticismo a ultranza. Es una pregunta crucial, porque si no hay diagnóstico no hay terapia. La reducción de la pobreza y el fuerte incremento de la alfabetización no han mejorado gran cosa la situación. La educación en general no produce necesariamente efecto de arrastre alguno sobre la educación política.
En definitiva, según la tesis de Sartori, es toda la educación la que está decayendo y se ha ido deteriorando paulatinamente por: 1º Torpe pedagogía en auge; 2º Específicamente por el goce indiscriminado de la televisión, que empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano; 3º El mundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente. Como una especie de ley de Malthus, por un lado, y de Alexis Carrel, por otro, la conclusión que conlleva necesariamente la tesis de Sartori es terrorífica y por ende esperemos que no se cumpla. Teniendo en cuenta que los problemas de la humanidad cada vez serán más crudos y difíciles de resolver, paradójicamente nacen hombres peor preparados y contrariamente orientados y, en consecuencia, con menor capacidad que sus antecesores para resolver las dificultades que se le presentan. Del homo sapiens estamos pasando al homo insipiens . Aunque los pobres de mente y de espíritu han existido siempre, la diferencia es que en el pasado no contaban, porque estaban neutralizados por su propia dispersión, mientras que hoy se encuentran, y reuniéndose, se multiplican y se potencian. Un hombre que pierde la capacidad de abstracción es ipso facto incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el homo sapiens .