Benedicto Rock
En blanco | javier tomé
De vez en cuando conviene dar la vuelta al colchón, así que ante el estupor general el Papa Benedicto XVI se nos ha vuelto cañero. De sobra son conocidas las opiniones de este hombre que luce una estampa de caballero antiguo a propósito del viejo demonio del rock, al que considera «la expresión de las pasiones más bajas». En contra de las inclinaciones de su predecesor, el enrollao Juan Pablo II, quien gustaba de rodearse de estrellas del pop, el cardenal Ratzinger Zeta ha incluido a autores como Bob Dylan en el listado de «falsos profetas». Por ello, y una vez establecida la calma interior, tanto física como espiritual, de un Papa juicioso y cumplidor de las normas, no deja de sorprender que Benedicto se nos haya puesto estupendo, hasta el punto de fichar por la misma discográfica que gestiona los berridos sonoros de Guns N´Roses o Nirvana. Asunto que suena a coña marinera, dados los subidos antecedentes de tono que lucen sus nuevos coleguitas.
Existen dos versiones contrapuestas sobre el particular. Mientras unos opinan que se le ha subido la pólvora al campanario, otros dicen que se trata de una maniobra de la diplomacia vaticana para sacarlo de la hornacina celestial y acercar su autoridad incontestable a la masa creyente. Pero no esperen verlo con chupa de cuero, botines de piel de cocodrilo y mechones verdes en sus níveos cabellos. Ni tampoco dedicarse al porreteo, no teman, pues su contribución a la historia de la música consistirá en un disco con cantos marianos entonados por esa voz que resulta tan cálida como una estufa barriguda en las mañanas de invierno. Para la cara B, los directivos del sello se inclinan por incluir una saeta a la Virgen Guadalupana, con un punto gamberro a lo Joaquín Sabina, o simplemente salvar el trámite a base de rezos. Sea como fuere, yo pienso comprármelo por Navidad.