Diario de León
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Panorama | antonio papell

El ex presidente de Cataluña preside desde su retirada de la política el Centre d-™Estudis Jordi Pujol, que desde hace cuatro años se dedica al estudio del IVA. El acrónimo, en este caso, no tiene nada que ver con la política fiscal: sus letras son iniciales de Ideas, Valores y Actitudes, que supuestamente deben adornar a la sociedad catalana. En un largo artículo, Pujol desgranaba estos conceptos. «Ideas claras sobre lo que somos, lo que queremos ser, lo que podemos ser, lo que no podemos ser. Ideas claras sobre nosotros mismos». «Valores sólidos. Convicciones firmes. Nunca se ha edificado nada ambicioso y duradero sobre la arena del relativismo». «Actitudes positivas de confianza y autoestima o en el peor de los casos de voluntad de superación. Actitudes autoexigentes y creativas». E invoca Pujol al polaco Zygmunt Bauman, quien denuncia el tránsito de una modernidad «sólida» -”estable, repetitiva-” a una «líquida» -”flexible, voluble-” en que los modelos y estructuras sociales ya no perduran lo suficiente para enraizarse y gobernar las costumbres de los ciudadanos. Piensa este autor que vivimos en una realidad fluida, caracterizada por la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados. El final de las certidumbres daría lugar al desarraigo y a la exclusión. bviamente, estas apreciaciones antiliberales conducen a la idea del gobierno fuerte, basado en verdades incontestables y en principios «sólidos».

Pero el dato esencial de las sociedades modernas en Occidente no es la cohesión en torno a unos valores bien acrisolados sino el pluralismo. Mientras Bauman acuñaba desde el exilio de su Polonia natal el término «modernidad líquida», Gianni Vattimo lanzaba el concepto de pensamiento débil, una posición ecléctica y pragmática que, en manos de Giddens, dio lugar a la «tercera vía», que a su vez es el germen de las actuales políticas blandas que compaginan el capitalismo de mercado con el estado de bienestar. Los partidarios radicales del multiculturalismo han reclamado su proximidad a Vattimo, sin razón para ello: el italiano no propone una sociedad nacional fracturada sino una democracia de mínimos en que la libertad de cada ser humano linde respetuosamente con la libertad de los demás.

Jordi Pujol es un estadista. Por utilizar términos orteguianos, Pujol es modelo de magnanimidad.

. Es, pues chirriante que el político que ha sido capaz de construir una Cataluña próspera en el seno de una España acogedora, cooperando por sistema en la gobernabilidad, se recluya ahora en el conjunto de las virtudes menores, de los valores concretos, de las ideas pusilánimes. Por terminar con Ortega, viene perfectamente a cuento su consejo: «Es preciso ir educando a España para la óptica de la magnanimidad, ya que es un pueblo ahogado por el exceso de virtudes pusilánimes. Cada día adquiere mayor predominio la moral canija de las almas mediocres, que es excelente cuando está compensada por los fieros y rudos aletazos de las almas mayores, pero que es mortal cuando pretende dirigir una raza y, apostada en todos los lugares estratégicos, se dedica a aplastar todo germen de superioridad». Lo grave de nuestro caso es que en España no abundan los estadistas.
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