Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

O tro triste aniversario. La Segunda Guerra Mundial comenzó y concluyó en septiembre. Dejó 60 millones de muertos, cincuenta más que la Primera. Pero Francia, Alemania, Inglaterra, Japón, Italia, Rusia, Estados Unidos son hoy países razonablemente amigos. En cambio, en España y nuestro conflicto entre hermanos, parecemos tenerlo más difícil, quizá porque aquí nunca se hicieron verdaderos actos de reconciliación, más allá de la voluntad colectiva de guiarnos por una constitución democrática. Nos ha faltado creer en la dignidad del hombre que no piensa como nosotros. Obama ha rezado en público por las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, Berkel proclamó el inmenso dolor de su país por el daño que produjeron al mundo los nazis, pero aquí somos incapaces de que transcurra civilizadamente una tertulia. ¿Y por qué una guerra civil ha de tener un efecto más duradero que el más cruento enfrentamiento bélico de la Historia y sus miles de troyas arrasadas? La niña que protagonizó la fotografía más famosa de la guerra del Vietnam pudo no sólo perdonar años después a sus agresores, sino además darles consuelo una vez curada de sus terribles heridas, las visibles y las invisibles; el cristianismo la salvó de todos los odios legítimos y rencores comprensibles. Diversos pueden ser los maderos a los que un ser humano puede aferrarse en un naufragio, pero lo único seguro es que el odio no salva, tampoco el olvido por decreto, ni la mera verdad de las fechas y las fichas. No estoy muy seguro de que las lecciones de la II Guerra Mundial hayan sido duraderas, pero sí creo que otros países europeos tienen valores democráticos de convivencia más sólidos que los nuestros. Aquí, la política es bayoneta de palabras hirientes e injuriosas. Aquí, todo es frente, trinchera y enemigo.

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