Diario de León
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El rincón | manuel alcántara

El verano siempre se acaba demasiado pronto, pero en especial para la gente que no vuelve. Este año, más de 370 personas que se tomaron un descanso, bien o mal ganado, descansan en paz. Si se confirma el luctuoso dato, el ministro del Interior aún podrá hablar de descenso de la mortalidad, ya que en años anteriores ha venido siendo superior la cifra. Todavía quedan muchos automovilistas vivos y ha concluido la llamada operación retorno y nos hemos acostumbrado a que haya algún amigo y muchos desconocidos que no puedan retornar.

No sabemos gran cosa de la muerte, pero quizá sea como unas interminables vacaciones. Algo así como antes de haber nacido, cuando no había calendarios, ni obligaciones, ni nadie estaba cansado. ¿Han tenido una mayor suerte relativa los que han muerto en el viaje de vuelta que los que se encontraron con la inevitable señora al ir? En cualquier caso se llevaron un veraneo por delante y los veranos han tenido siempre buena prensa, aunque se vendan menos periódicos que en invierno. Maeterlinck les llamó «la estación de la dicha» y hay una extendida creencia de que durante ellos no pasa nada. Es mentira. Suelen aprovecharse para empezar guerras, para subir impuestos y para cerrar negocios, pero lo más terrible es que nos hayamos acostumbrado a que muchas personas presentan su dimisión involuntaria e irrevocable. Se considera como un tributo que rendimos a la carretera y están previstas las mantas para cubrir a los que ya no tendrán que vacunarse. Luego se hacen estudios de las causas de la accidentalidad. Siempre salen a relucir el alcohol y la prisa. No aprendemos ni a valorar la lentitud, ni a beber en un sitio lo más cercano posible a nuestra casa. La velocidad es el único pecado nuevo que ha inventado nuestra época. Con los demás sólo hemos conseguido perfeccionarlos.

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