La guerra de las tres horas
El rincón | manuel alcántara
Tuvo una gran intuición aquel caballero que se despidió de su mujer diciéndole: «Adiós, querida, me voy a la gu erra de los 30 años». De todos los enfrentamientos se sabe cuándo comienzan, pero al principio no se puede saber cuándo terminan. La de «los tres años», o sea la de la catástrofe mayor jamás sucedida en España desde que se llama España, todavía colea. Don Gregorio Marañón decía que las guerras civiles duran un siglo. Si es cierto, ya queda menos. Sólo veintitantos, que fue una edad muy apropiada para que mucha gente que trabajó de extra en aquella película de terror no volviera nunca a su casa. Ahora que se recuerda la más atroz a escala mundial, en la localidad de Pozuelo, que es casi Madrid, se ha ensayado «la guerra de las tres horas». Era una manera de festejar el primer día de las fiestas y sólo hubo veinte detenidos y diez policías heridos. Decenas de jóvenes que hacían el botellón, también llamado -˜botellón borroka-™, se enfrentaron a los antidisturbios y trataron de asaltar la comisaría. Es curioso que quien acude a una fiesta, en vez de prometérselas muy felices, lleve cadenas de bicicleta y palos de béisbol. La previa actitud agresiva quizá sea una forma de neurosis, como el matonismo y cualquier tipo de amenaza. «Esta noche mi guitarra/ ronda los barrios bajos/ el que se meta con ella/ lleva palos pa un sombrajo», dice una copla popular, compuesta por alguien del pueblo dispuesto a reñir. Pero Pozuelo es un barrio alto y precioso, precisamente el municipio más rico de España. ¿Por qué se ha producido allí esa guerrilla de tres horas? El alcohol es muy influyente, por supuesto. Sobre todo el malo, pero hay que preguntarse si el botellón no está siendo un desagüe del descontento. Los psicólogos deben consultar las estadísticas de paro juvenil.