Diario de León

India, la democracia más grande del mundo

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León

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Tribuna | CARMEN BUSMAYOR

escritora

Se supone que queda lejos como una tribu. Máxime porque desde España no existen vuelos directos y por momentos hay que inspeccionar los largos amaneceres de París desde el largo aeropuerto del largo Charles Degaulle.

Se supone que queda lejos, pero que los divinidades Shiva, Brahma, Vishnu y Ghanesa nos llevan de la mano en un luminoso rickshaw, semejante al carro de fuego del profeta Elías, y nos deposita en las orillas del sagrado y sucio Ganges para contemplar desde una barca las hogueras crematorias y las ceremonias de purificación, sin ocultarnos, ni mucho menos, a los ancianos que en sus ghats pacientemente aguardan la llegada de la muerte, o la considerable tropa de leprosos, lisiados y otros hambrientos que siembran sus manos entre los turistas, además de los insistentes, agobiantes vendedores de collares y otras más o menos baratijas invasoras de mochilas y maletas.

Y, en efecto, queda lejos, aunque no tanto como las perseidas. Sobre todo al regreso, cuando una trae consigo un pluricolor sari de emociones vistiendo el corazón. Entonces el nombre de la India está por encima de las poco higiénicos controles de la temible fiebre característica de la gripe A, el caos circulatorio, donde coches, carros, bicicletas, vacas, hasta algún mono, motos y perros, salen por todas partes, poniéndote los pelos de punta, o el pánico en la cara, o los... en la garganta, pese a que no haya apenas accidentes, dada la extraordinaria habilidad de tan temerarios conductores que tocan y retocan casi sin parar el claxon como modo de anunciarse, por lo que el consumo de dichos utensilios, además de muy lesivo para los oídos, debe de ser curioso.

Entonces la palabra India plácidamente evoca el hermoso tigre de bengala, la flor de loto, el pavo real, los elefantes que bien temprano llevan sobre sus lomos a los turistas que ascienden al Fuerte Amber y, cómo no, la sonrisa imperecedera y amabilidad de los abandonados de su estrella, los cuales se dejan fotografiar sin pedir nada a cambio casi nunca, conformándose conque les enseñes el provisional resultado de la digital. Recuerda, además, el impactante mausoleo de Taj Mahal, junto con el abanico indispensable de las españolas en pleno funcionamiento, o los paraguas abiertos contra cualquier lluvia o sol casi siempre inclemente.

Pone, igualmente, en nuestra memoria los abundantes cantos budistas de su vecino Nepal, democracia gobernada en la actualidad por veintidós partidos minoritarios, arrebatadores del poder al partido comunista, algo impensable en España, donde una simple coalición de cuatro ya se considera una barbaridad abocada a su rápida defunción.

Y hablando del Nepal, tan pateado por el simpático aventurero y no menos deportista Jesús Calleja, quien con frecuencia a través de la tele nos acerca el idioma de las alturas, no hay que olvidar que ahí está su majestad el Everest, en estos momentos cargado de nieve, algo de lo que doy fe. Pues «aunque yo no subí al Everest lo toqué con mi corazón», según reza el certificado entregado al sobrevolarlo. Ahí asimismo la muy pintada niña Kumari Bahal, la «diosa viviente», a la que día a día los mayores roban un trozo de su infancia. Ahí la española Victoria Subirana, más conocida como Vicky Sherpa, quien tanto ha hecho, y sigue haciendo, por una enseñanza de calidad en beneficio de los niños de las castas más bajas.

Pero volviendo a la India, más que un desplante reprochable e imperdonable cometería un pecado mortal si omitiese a Mahatma Ghandi, el padre de la nación, a la albanesa del mundo, la madre Teresa de Calcuta y al español universal, Vicente Ferrer. Valga, pues, este pequeño recordatorio de tan honorables como bienhechoras personas. Y vaya esta breve posdata amarilla para un inteligente y eficaz guía entregado a su grupo: gracias por todo, Jaswant Singh Dodia. Namasté, namasté.

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