Diario de León
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Canto rodado | ana gaitero

TIENE su retranca que se plante en León un grupo de urbanistas de última generación para descubrirnos que León es una ciudad magnífica para el turismo y pelín incómoda y enrevesada para la ciudadanía que la habitamos y/o atravesamos a diario.

El taller PH.06 ha venido con sociólogo incluído por «lo de la participación ciudadana». Esa especie exótica de la que habla todo el mundo. Arquitectos y arquitectas, juventud e innovación en la maleta, han escudriñado en esos límites difusos de la ciudad con el área metropolitana que las políticas municipales competitivas han magnificado y engradecido.

Que León es paseable, con tiempo, y que sus fronteras con el alfoz, especialmente con San Andrés, son invisibles es bien sabido. Es hora de desechar el error de ensimismarse por la eternidad ante los tesoros incuestionables (Catedral, San Isidoro, San Marcos, el Musac...) y descubrir la riqueza que se destruye con la ignorancia.

Especialmente meritoria es la aportación del avezado para potenciar los espacios agrícolas que la rodean. Dicen que todavía estamos a tiempo de superar ese modelo de ciudad inconexa y acercar a la ciudad esos paisajes. Nada nuevo. El ciclo Pensar la Ciudad organizado en León la Fundación Jesús Pereda lo ha argumentado desde diferentes ámbitos profesionales. Hacer oídos sordos a estas iniciativas ciudadanas desde la política y la bucrocracia urbanística es también un error.

Huertas, prados, sebes, presas y molinos han sido deglutidos o sobreviven a la ignorancia colectiva como desperdicios del pasado. La presa del Bernesga, un cauce histórico que fertilizó vegas y movió piedras para llenar la barriga de la ciudad creciente es un ejemplo de ese olvido. Armunia y Trobajo del Cerecedo conservan aún tramos valiosos y toda una cultura que se pierde.

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