Diario de León
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El baile del ahorcado cristina fanjul

L o extraño no es que una mujer que ha nacido en la prehistoria se niegue a quitarse la funda que la barbarie cultural le obliga a ponerse; lo escandaloso es que un juez se lo permita. Puede que Garzón pensara que, total, que la justicia es ciega, ¡qué importa si una mujer asiste a declarar enterrada por el holocausto musulmán! Aquí debe primar el buen rollo con el islamismo moderado, aunque éste casi nunca lo sea. Y tampoco se defiende la postura de Bermúdez. Con la degradación no debe haber ni buenas formas ni educación; basta con la ley. Pero, ya lo ha dicho ZP en una entrevista con la CNN. La alianza con los que someten y apedrean a la mujer sigue marcando su agenda. Y es que al segundo sexo le cuesta dejar de serlo, aunque ahora se lleve minusvalorar su talento dándole más subvenciones para hacer cine. Y aquí no se salva nadie. Tapar el rostro de una mujer es hacerla invisible, y no debe estar permitido ni ante un juez ni en la intimidad. Los derechos humanos no se pierden ni se relajan cuando se cierran las puertas de la razón y se encienden las tinieblas de la patria islámica, diga lo que diga Rajoy. Pero claro, ya se sabe que todas las mujeres son iguales, una vagina, un simple conducto para dar salida y entrada, y cuanto menos piensen o hablen, mejor. En Occidente llevamos siglos luchando por salir del sueño al que la sociedad nos había condenado y entrando en la vigilia de nuestra propia responsabilidad. Ahora parece que esta invasión cultural trata de hacernos regresar a los tiempos de Fátima. Pues nada, ya sabéis, elegid el rol que queréis interpretar a partir de ahora. Los únicos a los que se podrá optar una vez que la umma nos haya conquistado serán los de madre, esposa, puta y monja. Creo que estos dos son los que más les gustan a los acomplejados que obligan a sus chicas a ponerse el burka.

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