¿Se puede tener 95 años y no ser viejo?
Tribuna | BEGOÑA MUÑIZ BERNUY
(A la memoria de Manuel Muñíz Alique y Pilar Bernuy Barrio)
Tenía treinta y tres años cuando se casó y se puede decir que ya había vivido mucho. Sufrió los años grises de la guerra civil. Compartió con sus hermanos tareas de docencia en una academia de preparación de oposiciones en León. Fue torero; en honor a la verdad he de decir que novillero, pero sin duda hubiera tomado la alternativa si una peligrosa cornada no le hubiera aconsejado un cambio de rumbo. Con anterioridad había sentido cierta atracción por la Medicina. Siempre fue lo que se dice un «manitas», y esto provocó que durante la guerra fuera destinado algún tiempo a la enfermería de campaña, habiendo realizado torniquetes en heridas sangrantes, entablillado brazos y piernas fracturadas e incluso practicado alguna pequeña intervención por motivos de necesidad y debido al número considerable de heridos frente a la escasez de médicos. Y parece ser que su quehacer como «matasanos» fue exitoso y por ello recibió el agradecimiento de los mandos y de heridos y familiares.
Sin embargo, finalizada la guerra, un amigo Abogado le prestó algunos libros de Derecho. El los leyó con tanta avidez que ya no albergaría duda alguna sobre su verdadera vocación; vocación que por cierto le acompañaría hasta el final de sus días. En la Revista «Abogacía Española» que edita el Consejo General de la Abogacía, en la sección «Maestros de Juristas», se publicó una entrevista dedicada a su vida y experiencias como Abogado, y el titular de la misma destacó la siguiente frase textual: « De lo único que me vanaglorio es de que he sido un Abogado vocacional cien por cien»
Su carácter noble, su tesón y amor por la Justicia, le procuraron un lugar destacado en la Abogacía Leonesa y Española, con una dilatada y prestigiosa actuación no solo en los Tribunales de León y Provincia sino también en la entonces Audiencia Territorial de Valladolid y en el Tribunal Supremo.
Fruto de su dedicación fue la concesión por el Consejo General de la Abogacía Española de la Medalla del Mérito al Servicio de la Abogacía. Y el Ilustre Colegio Provincial de Abogados de León, en cuyo escalafón figuró como número uno durante muchos años, le impuso la medalla por sus cincuenta años de servicios como Abogado.
A pesar de su aparente seriedad gozaba de un agudo sentido del humor con el que solía disfrazar las situaciones mas embarazosas. Pero quizás su faceta mas llamativa era aquella con la que aparecía ante todos como un hombre eternamente joven, con una enorme vitalidad, lleno de proyectos profesionales y continua ebullición de ideas en su cabeza. Nunca dio tregua al deterioro del paso de los años. Como anécdota recordamos sus últimos informes orales como Abogado en los diferentes foros, al final de los cuales siempre comentaba: «Qué manía tienen ahora los jueces y abogados de hablar bajo» . Y resultaba tarea inútil convencerle de que no se trataba de cómo hablaban los demás sino de su pérdida de oído. Porque él nunca se sintió viejo y en realidad no llegó a serlo. Y a tal sentimiento contribuía también nuestra madre, que le teñía las canas con un pincel mientras dormía.
Pero volvamos atrás para hablar de Pilar. Decía que se casó a los treinta y tres años y lo hizo con Pilar Bernuy Barrio, la mujer más bella que jamás he conocido. Porque su belleza no solo era física sino que surgía también de su interior e irradiaba todo cuanto alcanzaba su mirada o rendía su sonrisa.
Siendo portadora de tales cualidades no es de extrañar que su familia se apresurase a venir a León para saber por qué Pilar, que se encontraba pasando aquí un verano, tomando los beneficios de los afamados aires sanos de esta tierra, se había enamorado de Manuel, catorce años mayor que ella. La información que recibieron no fue en absoluto consoladora. Alguien que conocía bien a los Muñíz Alique había comentado : «Manolo es un buen chico, pero proviene de una familia capaz de poblar una isla desierta». En efecto, Manuel tenía ocho hermanos y algunos, ya casados, daban muestras de la certeza de aquel vaticinio. Manuel y Pilar tuvieron nueve hijos.
Todos cuantos les conocían coincidirán conmigo en afirmar que Manuel y Pilar se compenetraron de tal manera que la vida de uno sin el otro no hubiera podido concebirse. Por eso Manuel perdió su estrella hace catorce años, cuando murió Pilar. Desde entonces frecuentemente se le veía paseando por las calles de León y, de pronto, detenerse frente a un escaparate para que sus lágrimas pasasen desapercibidas a los viandantes. Su refugio durante los últimos años fueron sus hijos y su vocación profesional. Por cierto, una vocación que supo transmitir a varios de sus hijos. Algunos seguimos su trayectoria, aunque en modo alguno hemos podido alcanzar su clarividente lógica jurídica y su habilidad para «resucitar muertos» , como el solía denominar a aquellos asuntos imposibles que nos obstante volvían a la vida con la aplicación de sus fórmulas jurídicas mágicas. Y merecidamente se ganó entre nosotros el título de «oráculo» . Así le llamábamos cariñosamente en aquellas ocasiones en que le asaltábamos con alguna duda jurídica.
El día 6 de agosto de 2008 Manuel cumplía 95 años. Pasó la tarde rodeado de sus hijos. Apagó las velas de una gran tarta de chocolate mientras escuchaba emocionado el «cumpleaños feliz». Falleció ocho días mas tarde. Hoy tristemente conmemoramos un año de su muerte y queremos hacerlo sus hijos integrando en el recuerdo a nuestra madre. ¡Tenemos tanto que agradecer a ambos¡. Gracias por traernos al mundo en tiempos difíciles y de gran sacrificio. Gracias por habernos educado con cariño y rectitud, sin imposiciones, pero transmitiendo vuestros consejos tan sabiamente que su rechazo resultaba imposible. Gracias por vuestra eterna paciencia; por tantas noches en vela; por aquella mesa de comedor de cuatro metros de largo alrededor de la que nos sentábamos los domingos mas de veinte comensales, entre hijos, nueras, yernos, nietos etc.. Y gracias, muy especialmente, a nuestra madre, por su entrega, pues siendo inteligente, extraordinariamente bella, emprendedora, con grandes dotes sociales y muy intuitiva, sin embargo dedicó toda una vida a su numerosa familia, transmitiéndonos a todos su alegría, sus ganas de vivir, su resignación ante lo adverso, su visión de futuro, su facilidad para escudriñar en el ser humano y extraer solo lo bueno, excusando la maldad como algo inevitable e involuntariamente surgido.
No dudéis que vuestro ejemplo ya ha sido transmitido. Ahora lo conducen nuestros hijos y se refleja ya en la limpia mirada de vuestros nietos y bisnietos. Os llevaremos siempre en nuestro corazón.