Diario de León

Te quiero y otras bobadas (arrodeos del inicio de curso)

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Tribuna | VENANCIO IGLESIAS MARTÍN

CATEDRÁTICO DE LITERATURA

Sería muy interesante seguir los extraños caminos por los que una tontería, una imbecilidad, hacen fortuna y se extienden con tanta rapidez entre la gente. El afán de originalidad, eso de ser diferente; el consejo de Marisicóloga en una revista o en una telebasura cualquiera; o quizá la presencia de las series americanas dobladas para que coincida el movimiento de los labios que hablan inglés, con la frase española-¦ -”vaya usté a saber-” pueden ser la causa de que la frase se diga tantas veces y tome el aire de gilipollez supina. Lo cierto es que es muy frecuente oír la frasecita que da título a este artículo. Lo dice la madre a su hijo cuando se va al colegio, lo dice el papá cuando va a trabajar. Se dice entre parejas-¦ se dice, vaya. Y la situación y dicharacho resultan, casi siempre, forzada y falso como un euro de aluminio-¦

Una amiga me dice: -”Son modas. Ya, claro. Son modas. Como esa en que en la pareja, donde reina la indiferencia más absoluta, los dos se llaman «cariño» o peor, «cari» por ahorrarse el esfuerzo.

Alguien aconseja lo que hay que decir: eso está claro, porque así queda mono y es muy original. O porque nos hemos quedado sin lenguaje. Seguro que en las revistas del corazón se dan esas consignas. Ya he hablado de la gilipollez de decir «buen día» como los catalanes que, con su proverbial sentido del ahorro, abrevian el generoso «buenos días» de nuestro hermoso castellano. Pero lo de «te quiero» es más grave. «Te quiero» dicho con la seriedad y la intensidad que brota del amor es un compromiso lleno de promesas y proyectos de vida común. Además, la frasecita es de esas realizativas que hacen lo que dicen en el momento en que se dice y de cuya verdad o falsedad depende la felicidad o desgracia de un futuro más o menos dilatado. Por eso es tan delicado su uso. Cuando pasan los años y las palabras son sustituidas por los actos, los amantes ya no necesitan decirla sino en los momentos de más intensidad emocional y como una ratificación de la primera vez y de que están cumpliendo los secretos contratos que aquella expresión contenía. De modo y manera que cuando se repite sin ton ni son, la frase se vuelve sospechosa: o no dice nada porque no hace nada, o quiere contradecir inútilmente unos actos que niegan el amor, o es expresión banal que rellena silencios o, en fin, se ha aprendido a decir en una revista donde la Marisicóloga de turno la recomienda. Usted, amiga lectora, que es una mujer que ama o no ama pero es sincera, no la diga cuando no lo necesita. Sólo cuando quiera manifestar un amor o recuperar el amor que se enfría, dígala, pero con la misma responsabilidad de la primera vez y la misma intensidad pasional y si no, no. ¡Calle! Que el silencio es muy expresivo y evita malos entendidos y mentiras sin cuento. Los padres no saben ya conversar con sus hijos. ¿Qué digo? Ni quieren tenerlos. La horrible disculpa de la economía es aquí, según la idiotez de cada cual, un pretendido ejercicio de responsabilidad. Muchos han confundido, desde siempre, ser con tener y creen que, para tener hijos, es preciso tener antes muchas cosas, en lugar de SER auténticos. Cuando por fin van a tener uno, van corriendo a comprar un libro sobre cómo educar al «enano» y esa misma expresión aprendida les parece tan graciosa-¦ En el libro aprenden muchas cosas de Marisicóloga. Entre ellas la de que hay que dialogar con el niño. Sólo que-¦ Durante años, lo dominante en el niño es la inteligencia emocional y no la analítica o dialógica. Sin embargo los padres dedican un esfuerzo enorme a «dialogar». Y ahí tienen ustedes a la madre que habla con el niño en tercera persona: -” Nene: mamá quiere que te portes bien (donde portarse bien es no dar la lata). Mama está muy contenta. Mamá está muy enfadada contigo porque-¦ Nene: lo mismo que papá y mamá respetan tus cosas tú tienes que respetar las suyas-¦ etcétera, etcétera. Sí, señora. Sí. Ya lo sé. La educación es tan difícil-¦ Pero, por Dios, no use ese idioma. Hable con él como se habla con las personas, porque es una persona. La lógica del niño, (nunca del enano) responde, no a estímulos lógicos que los adultos consideran importantes, sino a impulsos, deseos o apetitos más que irracionales. Así que no recurra a ese falso diálogo de la tercera persona que suena falso como el beso de Judas y pretende algo imposible para el niño: razonar. Olvide el libro de Marisicóloga o Maripediatra y déjese guiar por el corazón y el instinto. Prepárese al ejercicio diario de sinceridad en el trato y las relaciones con su entorno porque el niño no dialoga, pero percibe con perfecta claridad los desajustes de las relaciones y la verdad y la mentira que haya en la conversación de los padres, en contraste con la piedra de toque del amor.

Supone usted que el niño «no se entera» pero el niño se entera de todo y esas «verdades» que descubre emocionalmente se van depositando en su alma y convirtiéndose en condicionantes de su «educación». Y nunca le repita lo de «mamá te quiere» porque aunque le dé usted frecuentes cachetes, él no pondrá en duda su amor, si verdaderamente lo tiene. Y si viene del colegio quejándose de lo tonto que es su profesor, no se ponga a «dialogar» con él y ni por asomo le dé la razón, déle un jetazo para que aprenda a respetarlo; porque ¡créame! su profesor no es un memo. Sólo algún Marijuez idiota se mete en ese berenjenal de las relaciones padres e hijos con un concepto limitado de «malos tratos». Usted a lo suyo. Eso. Su niño. Al que nunca de be negar su verdad.

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