Chorizópolis
En blanco | javier tomé
Tomo el término prestado a mi amigo David y afirmo, así para abrir boca, que España es ahora mismo una nación desastrada, cautiva bajo la bota de una pandilla de barbianes y otras yerbas de parecido pelaje. No es que lo diga yo, que también, pues son los expertos de la Fundación Alternativas quienes, en base a las pautas democráticas de instituciones como la Universidad de Essex, aseguran que nuestro país es «relativamente corrupto». En vista del mal rato que nos están haciendo pasar, parece que se quedan cortos en sus apreciaciones. La decencia en la cosa pública es un concepto más caduco que el polisón de María Antonieta, así que al calor de dicha evidencia ha surgido toda una pléyade de árbitros políticos y líderes sociales que siguen al pie de la letra los envenenados preceptos de la «filosofía Gorostiza». Ya saben; en cuanto veas bulto, atiza.
Ahí tenemos, dentro del bien surtido hit-parade de mangurrinos patrios, al casi olvidado Luis Roldán y sus legendarios calzoncillos de flores silvestres del Caribe. Pues se encuentra a un paso de salir de prisión, pero, eso sí, sin devolver ni un duro del dinero que, por decirlo de forma suave, traspasó desde las arcas comunes a su propio bolsillo. O a los antiguos mandamases del PP en Palma de Mallorca, presuntamente tan expertos en el noble arte de timar al contribuyente que las islas ya sólo se llaman Palma, pues el Mallorca despareció por el fregadero del despilfarro interesado. ¿Y qué me dicen del risueño Camps, ese hombre que asegura querer «un huevo» a sus amigos, pero no es capaz de explicar lo que ha hecho con el otro? La junta de teólogos populares insiste en su inocencia, y yo les creo. Porque más allá de maquinaciones del adversario y conjuras judeo-masónicas, con Francisco Camps queda probado fuera de toda duda ese aserto que dice: es mejor conocer al juez que conocer la ley. Vivimos en Chorizópolis pura, oigan.