Amiguitos del alma
La veleta | RAFAEL TORRES
C on lo embrollado que está el asunto del Partido Popular en Valencia, no queda más remedio que acudir a la ciencia fisionómica, que lo puede aclarar absolutamente. Obsérvense atentamente los rostros -”las jetas, que diría un castizo-” del elenco, esas caras que, traicionando sus bocas, lo dicen todo: la de Camps, la de «Ric», la de Fabra, la de esa tesorera que anda por ahí... ¿Alguien compraría un coche de segunda mano a los titulares de esas caras?
Y a propósito de coches, ¿qué fue del famoso Infinity de Ricardo Costa tras el leñazo que se pegó con él la criatura? ¿Siniestro total o revendido, con algún arreglillo, como inmaculado? Esas caras, que éstos días se esfuerzan (aunque tampoco mucho ciertamente) por afectar inocencia sin conseguirlo, pues todas las caras tienen sus limitaciones y no es lo mismo una expresión que una mueca, se corresponden, sin embargo, con unas almas, y esas almas albergan, al parecer, sentimientos. Es más; sentimientos de amor.
Lamentablemente, toda la podre desvelada por el Caso Gürtel, en el que algunas de esas caras y de esas almas parecen andar metidas hasta el corbejón, hace que pase casi inadvertido ese mundo o submundo de sentimientos que las intervenciones telefónicas de la Policía han desvelado. Por ejemplo: lo mucho que se quieren, o que se querían, El Bigotes, presunto virrey de la trama en Valencia, y Francisco Camps, virrey del PP en la misma, o sea, en Valencia también.
Se querían «un huevo», lo suyo era «muy bonito», pero no resulta exttraña tamaña afectividad si se piensa que Francisco Camps calificaba a El Bigotes de «amiguito del alma» y que, por lo demás, tenía «amigos íntimos» en todas partes, sobre todo en algunas que le venían muy bien. De ésta gente se podrá decir lo que se quiera, se les podrá acusar de esto y de aquello, incluso se les podría condenar tranquilamente en consecuencia, pero nadie podrá decir que no cultivaran la cosa sentimental, que hasta Camps y Costa llevaban los mismos trajes por la amistad tan grande que les entreveraba.
Algunos chicos mean juntos, so capa de ver quién llega más lejos, por el gusto de hacer cosas juntos, y Camps y Costa, que ya no son chicos pero conservan en sus rostros, ya que no la inocencia, la puerilidad, hacían cosas juntos por el gusto de hacerlas. ¡Ah, esas caras! ¡Cuántas cosas revelan en su esfuerzo por ocultar los sentimientos! ¡Ah, esos mohines de apabullante, inquietante, escalofriante, amistad!