Diario de León
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Con viento fresco josé A. balboa de paz

El pasado miércoles, con la conferencia de Gustavo Bueno sobre el mito de la cultura, se inauguraban los actos conmemorativos del cincuenta aniversario de la fundación del Instituto de Estudios Bercianos. En 1959, pese a las dificultades de la posguerra, el Bierzo, que había sufrido una rápida transformación económica, era una comarca activa, con una población numerosa y de aluvión, cuya capital, Ponferrada, alcanzaba ya los 37.000 habitantes. Quizá una de las demandas más imperiosas de aquellos años, como reflejan las actas municipales, era la creación de centros educativos. El IEB, que nacía aquel año de la mano de algunos entusiastas, no se planteaba ser el sustituto de aquellas carencias educativas, pero si un acicate para conseguirlas. El Instituto nació más bien como una asociación cultural, entendiendo por cultura la cultura subjetiva de tradición latina, aquella que pretendía cultivar el alma -la cultura animi- mediante la educación y el aprendizaje; aunque no escapó a aquella otra forma de cultura objetiva, de raíz germánica, más ligada a la búsqueda de las señas de identidad del Bierzo.

Esta última, quizá porque ya entonces elementos dinámicos de nuestro pasado morían irremisiblemente y buscábamos convertirlos en patrimonio de la humanidad (las Médulas), museos (de la energía, de la minería, del ferrocarril) y en Historia escrita. Quizá también, porque la cultura se había convertido en la idea-fuerza de nuestro tiempo, como antes lo había sido la idea de progreso; una idea-fuerza en función de la cual se definían todas las otras realidades (hombre, libertad, nación).

Todos, también los bercianos, aspirábamos a embebernos de cultura, una cultura aureolada de no se sabe que propiedades taumatúrgicas, pero sin la cual se creía que no había ni prestigio ni verdadera libertad. Derecha e izquierda, nacionalistas y no nacionalistas, todos hablamos de la cultura; incluso la Constitución de 1978 recuerda que todos los españoles tenemos derecho a la cultura. Los gobiernos nacionales, autonómicos y locales dedican ministerios, consejerías y concejalías a la cultura y grandes presupuestos. ¿Hablamos todos de lo mismo o buscamos con ella unas señas de identidad propias que nos separen de los otros?.

Es a ese sintagma, de contenidos confusos y metafísicos al que el profesor Bueno califica de mito, de mito oscurantista e ideológico cuya función más importante no es, al parecer, unir a unos hombres con otros, sino separarlos: a las élites del vulgo, a unos pueblos de otros. Vista así la cultura es un arma política o mejor es el nuevo opio del pueblo. La cultura se presenta como una realidad que eleva a los hombres sobre su condición de animales, los exalta a la condición de habitantes de un reino más valioso, el Reino del Hombre en cuanto realización del Reino del Espíritu. La cultura, lo dice Bueno, no es sino la secularización del Reino de la Gracia. Pero de la misma manera que antes nadie entendía que era eso de la Gracia, ahora tampoco nadie sabe que se esconde tras el nombre de cultura, sólo sabemos que quien no tiene Gracia es un desgraciado y quien no tiene cultura un animal inculto.

Nadie se escapa del mito, es tan potente que todos estamos metidos de lleno en él. El profesor Bueno no pretende destruirlo ni desactivarlo, pues tiene cuerda para rato. Lo que busca el profesor Bueno es desenmascararlo, analizarlo; es decir, examinar su génesis y su estructura y de ese modo aclararlo. Creo que, en el curso de la conferencia, lo hizo con la fuerza dialéctica de su poderosa inteligencia y con el brío polémico de sus ochenta y cinco años. En medio de una idiotez generalizada, sus verdades como puños no gustan a muchos, escuecen a los políticos y enloquecen a sus intelectuales orgánicos; los cuales, no siendo capaces de rebatirlas, las combaten con argumentos ad hominen, que no merecen mas que desprecio. Bueno suscita odios, pero también somos muchos los que le profesamos un profundo respeto y admiración por su coherencia y valentía.

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