Diario de León

Nuevo curso, la ESO... y los padres ¿qué?

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Tribuna | Manuel Arias Blanco

Profesor de Secundaria en el IES Giner de los Ríos

Empezamos un nuevo curso y los profesores, de nuevo, nos movemos en la cuerda floja de la incertidumbre. ¿Qué pasará? ¿Cómo serán los alumnos, sobre todo los de 1.° y 2. ° de la ESO? He aquí el problema más arduo: conocer la disposición de los alumnos que empiezan en un Instituto esta etapa de la Secundaria. Enseguida el contacto diario con ellos te empieza a dejar claro por dónde irán los tiros. Muy pronto. Y empieza el desánimo porque te encuentras con chicos que acuden a clase sin ningún deseo de «crecer» intelectualmente. Van a pasar el tiempo y a la fuerza. Éste es el panorama general: están «obligados», no les inquieta ni les importa lo más mínimo «aprender».

Pero este desánimo o desgana sería menor -”peccata minuta-” si no hubiera algo peor: hay alumnos que ni estudian ni dejan estudiar. Ni quieren aprender, ni ponen los medios para que los demás aprendan. Van a molestar, a fastidiar al profesor, a armar follón, sin que reparen en las graves consecuencias de estas decisiones. Y no es fácil «atajar» estos desaires al colectivo. ¿Qué se hace con aquellos que dificultan la enseñanza? ¿Qué hacemos?

Está en el candelero el tratamiento -”si de «tú», si de «usted»-”; colean algunas materias más o menos inconvenientes -”educación para la ciudadanía-”, pero el quid no está en estos «devaneos», sino en la actitud de muchos alumnos a una edad en la que lo normal sería adaptarse al proceso de enseñanza-aprendizaje sin más. Pero no. A los 12/13 años -”quizá, antes-” ya algunos se han desenganchado de este proceso y no hacen sino poner chinitas en el complejo camino de la Educación.

Y muchos profesores podemos aceptar que haya alumnos «desinteresados». Podemos entender que haya muchachos con pocas ganas de formarse íntegramente, pero alguien tiene que quitarles la venda y hacerles ver que ese camino no es el adecuado. Y ese alguien son los padres. En casa empieza la educación, que luego se prolongará en la escuela y en la sociedad. Porque lo grave hoy no es que haya alumnos «analfabetos». No. Lo peor es que cada día hay más alumnos «maleducados», «irrespetuosos», «irresponsables». Ya no son niños, al menos para entender que en el aula es necesaria la disciplina y el orden si se quiere avanzar de manera eficaz.

Dicho esto, ¿qué podemos «inventar» los profesores? Si por todos los medios le dicen a uno que el alumno tiene «derecho a», también en algún otro sitio habrá un reverso donde ponga que «el alumno tiene el deber de», porque si no mal vamos a acabar. El profesor se cansará de «predicar» en el desierto y terminará por arrojar la toalla. Y nadie parece haber dado con la solución ante este grave problema. Sólo cabe una salida: que los padres se impliquen en este proceso y juntamente con el profesor intenten solucionar este conflictivo dilema. Sólo ellos tienen el poder para encauzar a estos alumnos de 1.° de la ESO. Y si se hace en el mayor número de los casos ya será fácil avanzar mejor y más deprisa.

Esto no quiere decir que la enseñanza esté mal en todos los tramos. Ni mucho menos. Es más: a partir de 3.° de la ESO las cosas son muy distintas y reconfortantes. Está claro que hay de todo, pero siempre los buenos alumnos compensan sobradamente. Es, insisto, en 1.° y 2.° de la ESO donde los conflictos afloran con fuerza y abundancia. Y nadie conoce el antídoto.

La enseñanza tiene un reto: abordar este tramo de la enseñanza y encontrar soluciones claras y firmes. El profesor, hoy, se ve impotente ante la avalancha de jóvenes indisciplinados que integran las clases. Ni siquiera los buenos alumnos se atreven a dar un paso al frente a favor del profesor. Se callan. Importa más quedar bien ante sus «colegas» que cumplir debidamente con el deber. Y quien paga el pato no es otro que el profesor.

Ellos son -”estos alumnos de 1.° y 2.° de la ESO-” los que están «echando» a los profesores del aula. Me explico: ante la ineficacia manifiesta para poner coto a la indisciplina y el nulo interés por el estudio, el profesor opta por «colgar» los trastos de la enseñanza. Y es una pena que la experiencia no sea un aval suficiente como para enderezar el rumbo de esta nave sin dirección.

Quizá la inspección debiera tomar cartas en el asunto. En vez de tanta burocracia podía echar una mano al profesor indefenso. Y no, como ocurre con demasiada frecuencia, estar más al lado del alumno por ser la parte más débil. Esto no es de recibo. Claro que siempre habrá abusos desde arriba. Es inevitable. Pero habría que ponerse en la piel de ese profesor «ninguneado» por los alumnos y con escasas armas para salir indemne del trance diario. Habría que estar en su lugar para entender determinadas actuaciones. Con esto no disculpo al profesor «autoritario», sino que intento dejar claro lo poco estimado que está el profesor en medio de ese bosque de voces maleducadas. La Administración sabe qué se cuece en las aulas, ¿a qué espera? Los padres tampoco pueden estar callados, ¿por qué no echan una mano al profesor? Todos juntos podemos encauzar este conflictivo tramo, así que es hora de que apuntalemos las corrientes de una buena educación que ha de basarse sobre todo en el respeto mutuo. Y este respeto empieza por la disciplina y el trato dentro del aula. Si no, será un infierno en el que más de uno se quemará para siempre. Y puede que sea el profesor o el alumno. En cualquier caso, la sociedad perderá. Y el futuro.

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