Diario de León
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Panorama | antonio papell

Rajoy había forjado una leyenda que afirmaba su maestría en controlar los tiempos. El ejercicio de su inescrutable galleguismo le llevaba a retrasar las decisiones más críticas, con lo que a menudo los problemas se resolvían por sí solos, sin necesidad de que él se desgastara. Pero en los últimos tiempos, la leyenda ha empezado a tambalearse . «No habrá próxima vez» fue el mensaje amenazante lanzado ayer para poner fin a las algaradas internas que tanto han desfigurado la imagen del PP. En efecto, Rajoy escenificó un duro contraataque, con invocaciones a la lealtad, que, en teoría, ha zanjado los conatos de rebelión que han protagonizado las organizaciones populares de Madrid y Valencia. En realidad, el solo anuncio de que se le había agotado la paciencia y de que convocaba el Comité Ejecutivo para imponer decisiones fue suficiente para que el valenciano Camps se apresurara a recomponer el partido en su región tras la defenestración de Ricardo Costa y para que la madrileña Aguirre, que había cometido el error de su vida al postular a Ignacio González para la presidencia de Caja Madrid, se sumara a la causa de Rodrigo Rato. Pero la ostensible ausencia de Aguirre, que en realidad ha sido una presión para conseguir el castigo del vicealcalde Cobo por sus imprudentes manifestaciones, muestra que la crisis tiene algunos serios flancos abiertos.

Objetivamente, cabe afirmar que Rajoy ha ganado la partida a sus dos «barones» territoriales con ínfulas de excesiva autonomía con respecto a la dirección nacional. Pero es al tiempo evidente que esta victoria, pírrica en cierto modo, es provisional y deja secuelas. Porque, de un lado, la batalla de Madrid entre Aguirre y Ruiz-Gallardón no ha cesado sino al contrario, se ha enconado hasta la enemistad más irreconciliable. Y, de otro lado, la terapia aplicada a los primeros desgarros producidos por el «caso Gürtel» no ha tenido en cuenta ni las revelaciones que aún se producirán cuando el Tribunal Superior de Madrid haga público el sumario en su integridad ni las imputaciones que probablemente se realizarán en el ámbito valenciano de la trama, en el que Ricardo Costa era un implicado lenguaraz pero en modo alguno el autor material de las contrataciones fraudulentas. Así las cosas, la credibilidad de Camps continúa estando bajo mínimos. Rajoy se mostró ayer optimista, pero las encuestas no deberían ofuscar a los populares. Si el CIS acaba de detectar una ventaja del PP sobre el PSOE de 3,4 puntos en un sondeo confeccionado entre el 7 y el 14 de octubre, antes por tanto de los ruidosos episodios valenciano y madrileño, el de Metroscopia del pasado domingo, cuyo trabajo de campo fue confeccionado entre el 28 y el 29 de octubre, volvía a registrar un «empate técnico», ya que la ventaja del PP sobre el PSOE era de apenas cuatro décimas. Lo insólito es que, en medio de una recesión económica sin precedentes, que ha generado ya cuatro millones de parados, el gran partido de la oposición no se destaque significativamente del inevitablemente desgastado partido del Gobierno.

En la dramática coyuntura actual, en plena recesión y con un desempleo insoportable, el principal partido de la oposición puede optar legítimamente entre dos caminos: el del consenso con el Gobierno o el de la crítica constructiva con lanzamiento de propuestas alternativas. Infortunadamente, el PP no ha podido hacer ni lo uno ni lo otro a lo largo de la legislatura.

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