La Europa amurallada
Con viento fresco josé A. balboa de paz
Hoy se conmemora el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, acontecimiento que aceleró el derrumbe del bloque soviético. En lo más virulento de la Guerra Fría, la construcción del muro fue un intento de aherrojar a una población que huída masivamente hacia Occidente, ocasionando un grave daño a la imagen de los países comunistas. El muro encintó un espacio carcelario, represivo y totalitario, en que carceleros y encarcelados convivieron en una atmósfera de miedo, silencio, delación y falta de libertades. Muy pocos se esperaban un desenlace tan rápido, pero el muro no cayó por arte de magia: lo derribaron. Su caída comenzó con la Ostpolitik de Willy Brand y la aceleró la costosa carrera armamentista de Reagan, que arruinó a la URSS, enfrascada además en una onerosa guerra en Afganistán. Pero el muro se hundió sobre todo porque la experiencia comunista fue un fracaso, que provocó un profundo malestar social y una creciente oposición política, en muchos casos bajo las alas de las iglesias cristianas y con el apoyo expreso del Papa Juan Pablo II.
El sábado escuché al último embajador de España en la República Democrática Alemana. Para mi asombro, A. Álvarez de Toledo, sin negar los aspectos políticos, matizaba que el muro no nació por ninguna razón política, sino por causas económicas; mejor, el muro no fue sino un cierre que las autoridades socialistas pusieron para que los jóvenes, como mano de obra barata, no huyeran en busca de mejores oportunidades en la Alemania federal. El embajador decía haber visto pasar el muro todos los días, sin el menor obstáculo de la policía, a personas mayores jubiladas. La RDA no ponía reparos a que los mayores viajaran al oeste y adquiriesen allí las mercancías que era imposible conseguir en el este, ni tampoco ponía obstáculo alguno a que tales jubilados huyeran, pues de ese modo se evitaban pagar sus pensiones. El muro cayó, terminaba diciendo el embajador, porque, ante la globalización creciente de la economía, los jóvenes huían a través de los países hermanos del sur.
El muro se erigió para evitar salir de lo que las autoridades consideraban el paraíso socialista; en la antigüedad las murallas se levantaban para impedir entrar. El muro de Adriano en Inglaterra y el limes renano-danubiano protegían las fronteras romanas contra los bárbaros. Soldados y fortalezas jalonaban esas fronteras para impedir el paso de pictos, germanos y otros pueblos. La opulencia romana unida a una profunda decadencia política y moral constituían para aquéllos un aliciente irresistible. Intentaron entrar pacíficamente, algunos como soldados auxiliares en el ejército romano, otros como mano de obra barata. Cuando esto no fue posible lo hicieron de manera violenta a comienzos del siglo V. Justamente hace ahora 1600 años, en el 409, grupos de suevos, vándalos y alanos, después de saquear las Galias a sangre y fuego, atraviesan los Pirineos y penetran en España. Era el comienzo del fin de una civilización y, con la llegada poco después de los visigodos, el comienzo de otra nueva. Entonces, la integración no fue excesivamente complicada por la común religión cristiana (arriana y católica) de invasores e invadidos.
Ahora Europa, la Europa próspera pero política y moralmente decadente, se rodea de murallas legales, de trabas jurídicas, a veces hasta de alambradas y policías, para evitar que una marea humana de inmigrantes africanos, asiáticos o sudamericanos acceda a sus costas. Vienen por razones económicas, y lo hacen pacíficamente porque ésta los necesita como mano de obra barata o como miembros de unas fuerzas armadas en las que los europeos ya no quieren alistarse. El irenismo de nuestros gobiernos, que hablan de paz cuando otros amenazan con la guerra, no parece el mejor baluarte contra esta invasión silenciosa. Europa, que renuncia a su pasado cristiano (sentencia del tribunal de Estrasburgo sobre los crucifijos) no tiene armas morales con los que integrar a los nuevos inmigrantes ni armas letales con las que rechazarlos.