Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Tribuna | Emilio Geijo Rodríguez

Profesor de Filosofía

Todos son/somos iguales» es una de la frases más oídas cada vez que la ciudadanía se entera de un episodio más de corrupción política. En lugar de la justa indignación, la frase connota un cierto desánimo y la amarga convicción de que el delito (el de la corrupción política) es inevitable porque es un comportamiento inscrito en la naturaleza humana. Que un político «se forre» no sólo no le reportará críticas sino la indisimulada envidia de algu nos y hasta la admiración de otros a quienes les encantaría estar en su lugar. Aunque lo haga con tal descaro que resulte imputado y procesado es muy poco probable que, a él o a su partido, le reste una cantidad peligrosa de votos ya que todos los partidos políticos cuentan con la fidelidad de una masa, más o menos voluminosa, de votantes. En todo caso, tiene asegurada la comprensión porque, a fin de cuentas, «todos son/somos iguales». Es decir que el uso delictivo del poder es algo «natural» y ninguna persona elegida para administrar asuntos públicos está libre de sospecha. Siguiendo esta lógica, poco se tarda en llegar a una conclusión estremecedora: la democracia es una utopía y el demócrata convencido un iluso bienpensante. Aquí termina el primer bucle del proceso de la corrupción. A partir de este momento, dictaduras o terrorismos de estado pasan a ser el remedio ideal contra la corrupción que, además de intrínseca en la naturaleza humana, la llevan germinalmente los sistemas democráticos. Por eso no es de extrañar, por paradójico que parezca, que alguno de estos sujetos forrados en la democracia, añore, con cínica impudicia, la dictadura.

Segundo bucle: A la corrupción probada y manifiesta suele oponérsele la eficiencia en la gestión. Se trata del paso obligado para la definitiva legitimación de una actividad política perversa. Si la falsa conciencia del «todos son/somos iguales» desvanece toda moral, la eficiencia justifica por completo cuanto haga el corrupto y lo consagra como líder. Los votantes perciben al elegido como jefe de la tribu cuyo mandato es indiscutible. Participan irreflexivamente de una estructura de poder respecto de la cual no han tomado distancia: es la lealtad de la masa, la fidelidad tribal, por no hablar de amores clientelares públicamente conocidos. De ahí el «cerrar filas», «poner la mano en el fuego por-¦», etcétera y descalificar a quien pretenda sacar a la luz las irregularidades que cometa, sean órganos del estado, la prensa o la sociedad civil. Y de ahí que ninguno de los procesados haya manifestado nunca el menor atisbo de sentimiento de culpa.

El último bucle de este monstruoso proceso es que la corrupción no sólo afecta al mal uso o al desvío del dinero de todos, que sólo puede revertir en bienes comunes. La corrupción pretende, además, eliminar cualquier atisbo de moral ciudadana cuando los corruptos se escudan en los votos, pues los delitos cometidos ya no son producto de la deliberada y torcida voluntad de individuos concretos sino una emanación de la corrupción potencial de todo el cuerpo social que se ha materializado en las urnas. Repetidamente han invocado las urnas como sentencia absolutoria final o como legitimación de cualquier actividad llevada a cabo por el poder.

Sin embargo, aunque la ciudadanía convive de forma pacífica con la corrupción, es evidente el descrédito de la actividad política y el desánimo de los ciudadanos. El alejamiento de «lo» político se explica en parte como el mecanismo reflejo de una conciencia moral que aún no ha sido destruida por completo. Buena parte de la abstención en las votaciones está motivada por esa conciencia moral que se niega a ser manipulada para servir de contrapunto al delito. Y aunque sea reflejo de una moralidad que, pese a todo, sobrevive, no deja de ser insuficiente para resolver un problema para cuya solución se requiere, justamente, la fuerza de esa moral cívica. Por mucho que se repita, no es cierto que todos seamos iguales ni está en la naturaleza humana (¿qué será eso de la naturaleza humana?) meterse en política para forrarse. Las sociedades humanas son deficientes, sí, pero se diferencian de las animales en que sustituyen los mecanismos instintivos de conducta por formas racionales de organización que algunos sujetos contravienen por propia y libérrima voluntad. Si el ordenamiento jurídico es insuficiente para regular la financiación de los partidos, si el sistema económico puede corromper al político-administrativo (sobretodo en los municipios) y viceversa, se debe a factores demasiado concretos como para diluirlos en eso de la «humana». Si de verdad se desea, son perfectamente subsanables. A otro perro con ese hueso.

Para empezar, no estaría mal que los políticos pusieran fin a su deficiente comunicación con la sociedad. El modo en que utilizan los medios de comunicación artificializa sus figuras y resta credibilidad a sus mensajes. Algún partido ha llegado a imponer comunicados e impedir ser interrogados por los periodistas. La imposible transparencia a la que los ciudadanos tienen derecho los aísla y subraya en ellos una soledad autosuficiente. De hecho, salvo en periodos electorales, prescinden de la sociedad y la ciudadanía los contempla como sujetos que representan un papel en el que, sólo de boquilla, figuran los valores generalmente aceptados. Por utilizar un lenguaje teatral, son actores que no han sabido elaborar ni un lenguaje ni un espacio escénico creíbles. En consecuencia, y a pesar de los meritorios esfuerzos de políticos honestos, no han conseguido involucrar a los ciudadanos en la «res publica». Y parece que las cúpulas de los partidos no están demasiado interesadas en acordar medidas drásticas de una vez por todas.

«El hombre no tiene naturaleza, tiene historia», aseguraba Ortega. Una historia en la que ha ido superando, los miedos, la superstición y la esclavitud. Una historia en la finalmente se abrió paso como sujeto y como voluntad de decidir sobre su vida. Y en esa historia se descubrió a sí mismo no como simple miembro la tribu sino como ciudadano, capaz de dar a otro el poder que él quisiera darle; ni más, ni menos. Y de quitárselo también.

tracking