Diario de León
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La veleta | fernando jáuregui

Nunca me ha gustado el periodismo de aniversarios, ni el que glosa los «días mundiales de». No me resisto, sin embargo, a escribir en este nuevo aniversario, que hace el número treinta y cuatro -”no es una cifra ni siquiera redonda-”, de la muerte de quien durante cuatro décadas fue dictador en España, y posiblemente cosas peores. No me interesa, no obstante, recrearme en los aspectos más negros de una figura que aún no ha sido calificada con la dureza que pienso que merece quien actuó como el llamado generalísimo en los años de la posguerra civil. Mucho más constructivo juzgo detenernos un instante en pensar si aún nos pervive, más allá de los nombres de algunas calles españolas, algo del franquismo, precisamente cuando me parece que nos estamos adentrando en algo semejante a una segunda transición democrática. Hace una década y media, y junto con el periodista Manuel Angel Menéndez, escribí un libro titulado Lo que nos queda de Franco . Internet y la telefonía móvil estaban en ciernes, o casi, y había estatuas ecuestres del dictador en cuatro o cinco puntos de nuestra geografía. Se pagaba con pesetas que aún, algunas, tenían el rostro -”rejuvenecido-” del Caudillo esculpido en una de sus caras...

Nada de eso pervive: los niños pasan como de puntillas en las escuelas sobre la figura de quien gobernó omnímoda y despóticamente en España durante cuarenta años y más de la mitad de los españoles han pasado toda su vida consciente en democracia. Con todas las imperfecciones que ustedes quieran, pero en democracia.

Pienso que los españoles, o al menos esos españoles que desconocen lo que es vivir en un régimen de falta de libertades, albergan una ignorancia supina sobre lo que el franquismo representó, tanto para la imagen de un país rodeado de pujantes democracias como para la propia conciencia moral de quienes aquí dentro éramos súbditos y no ciudadanos. La Historia, para no repetirla, hay que conocerla, y ahora me temo que se hurta a nuestros escolares la verdad, como a mí me hurtaron otras tantas verdades históricas. Y debo decir que, como ciudadano y como periodista, debo denunciar como anacrónicas algunas leyes que aún subsisten procedentes de aquel pasado. No podemos los informadores seguir sujetos a los dictados -”en lo que no ha sido derogado-” de la Ley de Prensa elaborada por Manuel Fraga en 1966, cuando no existían ni la democracia ni Internet. Me parece que ha llegado la hora de la modernización definitiva y de desprendernos de los últimos vestigios de lo que alguien, muy castizamente, ha bautizado como «caspa».

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