Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

P ones la televisión y todo son reclamos publicitarios para que vayas a ver cierta película de vampiros. Están de moda entre los jóvenes. No se trata exactamente de la misma concepción del vampirismo con la que sus padres fuimos horrorizados por Christopher Lee, y sus abuelos por Bela Lugosi. Más aún, dudo que se trate de terror. Sea como sea, a mí ya se me pasó esa clase de arroz y hoy sólo me pone los pelos de punta saber que Jorge Javier Vázquez le han dado un premio Ondas por su programa monstruoso. ¿Una película de joven vampiro despeinado y el sobrino musculín del Hombre Lobo? Bastante tenemos con darles el esquinazo a los monstruos reales como para además prestar atención a los descafeinados, que en nuestro debate parlamentario sobre el estado de la nación se vendrían abajo al primer rugido dialéctico de cualquier señoría. Para sentir espanto ya no necesitas perderte por la noche en un bosque con niebla. Vivimos en un mundo de dentelladas a la yugular; la mordedura quizá no te convierta en eterno noctámbulo, pero se te merienda las defensas. El temor a las amenazas reales ha devaluado el ancestral temor a lo desconocido. Aquí, entre los humanos, lo que sobran son vampiros. ¿Quiere usted que le envuelva gratis una docena? El niño tiene pesadillas con lo desconocido; el padre, con la crisis. Sin embargo, el hombre no se define tanto por sus miedos cotidianos como por la forma de combatirlos, por su actitud ante ellos. La esperanza es el único antídoto, sólo ella ilumina nuestras incertidumbres, como una hoguera en la noche. Pero tanto en el cine como en la vida, uno confía en que el gran guionista está siempre ahí, sosteniéndolo todo, aunque a veces parezca que ha salido a comprar tabaco y que se retrasa demasiado. Porque, sí, sobran vampiros.

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