Políticos enrejados
Tribuna | Ana María Guada Sanz
Concejala del PP en el Ayuntamiento de LeÓn
Irremediablemente tenía que llegar. Nos toca vivir el gran desembarco de la morralla democrática, de los que violan las reglas morales con el único fin de llenar bien el morral. Ya no es algo excepcional, no son casos aislados, sufrimos a demasiados enaltecidos por el poder que están logrando que el ejercicio de la política aparezca como una actividad sospechosa y de parásitos.
Con este panorama a los ciudadanos ya no les visita ni la sonrisa porque hay demasiado descontrol entre una clase política sin orden ni conciencia que sólo genera desconfianza y rechazo. Entre los miles de cargos públicos en este desmembrado país crece de forma alarmante esa minoría que se ha despojado del sentimiento de humildad y de toda moralidad en la práctica de una política que urge sanear ante el infecto fenómeno de la corrupción. Una minoría que crece cual malas hierbas como lo demuestran los más de setecientos casos abiertos en España ante la justicia por culpa de los políticos corruptos.
La ética y la política nunca han estado tan reñidos, lo que nos lleva a tiempos de manifiesta depreciación de la política con la apología de los derechos individuales frente a las exigencias del Bien Común. Demasiado caballo desbocado que hace cada vez más difícil concederle al político el beneficio de la duda. A una le viene a la memoria la época de Séneca, decadente por mucho que nos la pinten brillante y de progreso. La realidad nos muestra integridades rotas donde triunfa el agotamiento ante políticos pragmáticos y saqueadores. En política se puede ser gato blanco o gato negro, pero parece que lo importante es que mate ratones.
Muchos políticos echan un descarado pulso a la ética dispuestos a ensuciarse las manos hasta el alma, son políticos punzantes, retorcidos y efectivos para ellos mismos. Se hace más que necesario desbrozar la política de falsos y repugnantes oropeles para que quienes la insultan caigan de bruces enrejados. La cotidianidad nos arrastra a un abominable desfile de bazofia política con las galeras como única meta, y es que con tanta plata sucia en la taleguilla no hay otra vida que la habitada en precario.
Es en el poder, en los gobiernos donde muchos campan a sus anchas, donde para muchos en política vale todo, donde muchos no cosechan vacilaciones y donde se produce el envenenamiento de la cosa pública. Estamos ante personajes de cuidado a los que no les entra la menor fatiga cuando se acercan al precipicio y siguen despepitándose con insistencia a fin de nadar en la opulencia.
La corrupción entre la clase política anega cada día más rincones de una España escandalizada que debería ver en el político un proyecto, un futuro, un mejorar las cosas. Difícil se lo ponemos con una corte putrefacta donde el mal y la ambición ganan. Hombres y mujeres de lo más variopinto caminan por la política, jóvenes, no tan jóvenes y mayores, con o sin profesión conocida, y es que en política cabe todo. Habría que ser más mirados y escoger como en un plato de lentejas para apartar al sospechoso de llegar a supurar carroña. Tarea difícil sin duda porque entre los capaces también hay mucha fullería. Tal vez haya que recuperar a Freud y practicar el psicoanálisis para destapar al que esconde disimulo, ficción y timo. Habría que indagar en el ser humano cuya moralidad está presente en todos sus actos. Sin duda un buen político ha de ser un buen hombre porque el ejercicio del poder político evidencia como ningún otro las cualidades morales, buenas o malas.
La moralidad se aburguesa, patronos, rentistas y pudientes se asoman con fuerza al verdadero poder, no el político, sino el poder económico. Es el poder del dinero, el de los menos, el que somete a su voluntad a esa clase política incapaz de caer en la tentación. Bailamos en una democracia europea a un paso nada acompasado pero como todo el mundo sabe España es y siempre será diferente. Frente a políticos que abandonan ante el menor barrunte se alza ese político español de cloaca que ni se inmuta porque en su vocabulario no cabe la palabra dimisión.
El antídoto para combatir tanta borrachera de frivolidad descansa en manos de los que mandan, de los líderes en el quebrado mundo de la política que deberían cortar por lo sano para curar tanta herida que puede costarles una esquizofrenia. La clase política corrompida ha de ser reducida a un coto de apestados, cueste lo que cueste, porque a este paso las urnas se van a quedar huérfanas. Nadie confía ya en nadie. Hay que hacer un esfuerzo infinito porque a algunas y algunos en política, muchos o pocos, nos repele embarcarnos en medio de tanto fango. Preferimos una vida serena y despejada.