¿Modernización o propaganda?
Panorama | antonio papell
La comunicación no es el fuerte de este gobierno. Y no tanto por la ineficacia de los comunicadores cuanto por el desorden inextricable de la secuencia de mensajes. Así, fue absurdo que el Ejecutivo aprobara el pasado viernes el anteproyecto de la ley de Economía Sostenible -”un texto poco maduro de doscientas páginas-” y que tan sólo a posteriori, el miércoles siguiente, el presidente subiera a la tribuna a explicar la Estrategia para el crecimiento económico sostenible. Dicha Estrategia incluye demás un conjunto de reformas, periodificadas en los próximos dieciocho meses para que entren en vigor en esta legislatura. La necesidad de tomar precisamente ahora iniciativas económicas potentes es incuestionable. Y la actitud de calificar de «propagandístico» este conjunto de propuestas es simplemente torpe, como lo es asimismo el intento -”fallido-” de culpar en solitario a este Gobierno del estallido de la burbuja inmobiliaria, que Aznar cultivó amorosamente durante sus dos legislaturas tras una infausta reforma de la ley del Suelo que echó gasolina al recalentamiento del sector construcción. Tras la recesión, que en Europa se ha cebado especialmente en los países con «burbuja», se impone la modernización de la economía y la conquista de la productividad. Estos dos designios requieren dos actuaciones básicas, a poder ser ampliamente consensuadas: un gran esfuerzo en la potenciación del sistema educativo para mejorar el capital humano y una inversión preferente en I+D+i. El Gobierno socialista dedicó relevantes esfuerzos presupuestarios a ambos objetivos durante la pasada legislatura, ya en el camino de cambiar el patrón de crecimiento, que había de basarse en la conquista de la productividad y en el impulso a actividades de mayor valor añadido. Y ahora, cuando parece que la economía toca fondo tras la crisis global, se impone acentuar esta mudanza, arropándola con un conjunto multidisciplinar de reformas estructurales en numerosos ámbitos obsoletos de nuestro modelo.
La ley de Economía Sostenible no es, pues, un fin en sí mismo, sino el andamiaje que tiene que sostener el despegue de la economía modernizada, empeñada en actividades competitivas que desarrollen el sector exterior y no sólo la demanda interna. Evidentemente, el pormenor de la Estrategia para la Economía Sostenible es opinable, pero no lo es en absoluto la necesidad de irrumpir en el tejido socioeconómico para impulsar la recuperación económica por todos los medios y, por ende, la creación de empleo. Y lo deseable sería que el gran debate de esta hora fuese sobre los elementos de la inaplazable modernización, que debería debatirse con ánimo constructivo, y no sobre la conveniencia de unas reformas que, de una en una, nadie discute.
Así por ejemplo, es inteligente la objeción de que, en las actuales circunstancias y con un paro cercano al 20%, no basta con estimular el crecimiento para combatir el desempleo: sería necesario emprender también políticas activas y reformas del modelo laboral que facilitaran la más rápida reducción de esta tasa insoportable. ¿Por qué, entonces, no se promueve esta discusión en lugar de mantener el debate en el terreno pedestre del electoralismo? En síntesis, no parece que haya dudas sobre la necesidad de hacer un gran esfuerzo para devolver a este país a la senda de la modernidad. Lo discutible es qué medidas com plejas han de integrar este esfuerzo.