Paracrimen internauta
El baile del ahorcado cristina fanjul
La obligación de los ciudadanos es po ner coto al poder del Estado. Subrayo lo de obligación porque, como decía Larra, los derechos no se dan, se toman. Lo que ocurre en España es que el Estado es un toro demasiado bravo como para dejar que se pasee a su gusto por la dehesa. Aquí lo de las libertades individuales siempre se ve con displicencia, como una gracia concedida, pasada por el tamiz orwelliano de una oceanía que condena como «facha» todo lo que huele a libertad.
Es lo que tiene vivir en un país en el que la historia se reescribe a gusto de una arcadia nacionalista que bebe directamente de Dios, la raza y la ley vieja en un lugar y de la gran charca crematística en el otro. En medio, un océano de ignorancia en el que ya tenemos incluso una neolengua como base para la gran distopia en la que muchos corderos pastan felices. Porque 1984 está cada vez más cerca. Tanto, que ha intentado imponer su tiranía en uno de los escasos espacios de libertad que quedan. Internet es una herrmienta tan impresionante que permite hacer real el viajo sueño liberal, ya saben, ese que defiende que la realidad se reduce a nuestro impulso. Somos la causa, el principio y el término de toda la actividad creadora. El Estado, el poder coercitivo, el freno a la libertad individual, desaparece cuando entramos en ese lugar virtual. Por eso los poderosos tratan de desactivarlo, por eso están a punto de cumplir la profecía de Orwell 25 años después. Me estoy refiriendo al paracrimen, la paralización de cualquier pensamiento peligroso, que es lo que trata de conseguirse con esta nueva ley. La ministra Sinde quiere colar un engendro stalinista que protege los derechos de unos creadores anestesiando la actividad intelectual del resto. Hay demasiado en juego con este nuevo pulso a la libertad. Ya saben que nuestra ignorancia es la fuerza de los poderosos. Y en internet hay demasiada información.