Diario de León
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Con viento fresco josé A. Balboa de paz

La religiosa que nos atiende responde a mi pregunta con un deje de tristeza y resignación: ningún turco, solo las cuatro o cinco hermanas italianas de la comunidad y un sacerdote somos los únicos cristianos de la ciudad. Tarso, donde nació san Pablo, sigue siendo una ciudad populosa, pero con la excepción de las hermanas q ue cuidan de la iglesia medieval, no hay cristianos. En Antioquia de Siria, hoy Antakia, donde los seguidores de Cristo fueron llamados por primera vez cristianos cuenta con una exigua comunidad de fieles, cuya pequeña iglesia se oculta en un dédalo de callejuelas en la parte vieja de la ciudad, que languidece a orillas del Orontes. Capadocia está llena de vestigios cristianos de los primeros siglos de nuestra era, pero ya no hay cristianos. El franciscano, de Méjico, que nos recibe en la iglesia católica de Estambul nos recuerda que en Turquía no se permite el proselitismo cristiano, por lo que el porcentaje de éstos no supera el uno por ciento. La laica Turquía de Atatürk, que he recorrido este verano, se cubre de mezquitas con sus altos minaretes y cúpulas metálicas reluciendo al sol, la mayoría construidas en estos últimos años.

He visitado estos últimos años varios países musulmanes del norte de África y del Cercano Oriente, con excepción de Palestina, las iglesias, cuando existen, son invisibles. Palestina, país en que los cristianos representaban al principio del siglo XX casi el 15 por ciento de la población, hoy no superan el 3 por ciento. En dar-el-Islam, es decir en territorios sometidos a la sharia, no se pueden construir iglesias y hacer proselitismo, pero en dar-el-kuf o territorio no musulmán, donde domina, según ellos, la impiedad, los musulmanes pueden levantar sus mezquitas y hacer proselitismo, aprovechándose de la tolerancia occidental. La reciprocidad brilla por su ausencia. Cuando en Suiza, en un referéndum de la pasada semana la gente vota mayoritariamente por prohibir no la religión musulmana o el proselitismo islámico, sino la construcción de minaretes en las mezquitas, los países musulmanes ponen el grito en el cielo, y con ellos se rasgan las vestiduras de la intolerancia aquellos que no toleran los signos cristianos en una Europa, cuyas raíces y vestigios cristianos constituyen sus principales señas de identidad.

Son esos que al calor de la llamada Memoria Histórica pretenden, cuatrocientos años después, reparar la supuesta injusticia cometida por los españoles por haber expulsado en 1609 a los moriscos. Al señor Pérez Tapias, diputado socialista por Granada, se le olvidó hablar de la reparación a los judíos sefarditas expulsados en 1492; pero los judíos no cuenta para esa izquierda antisemita, sólo los musulmanes de la Alianza de Civilizaciones. Ahora, algunos ayuntamientos andaluces pretenden suprimir en la heráldica familiar aquellas figuras del escudo que puedan ofender la sensibilidad de los musulmanes. Sin embargo, no parecen que tengan ningún reparo en solicitar que se quiten los crucifijos de las escuelas, que debe ser la medida educativa más importante para conseguir una mejor calidad de la enseñanza, dado que los informes europeos son bastante demoledores sobre el fracaso escolar en nuestro país. Pero ya puestos, deberían prohibirse, mejor quemarse como durante la República, todas las tallas procesionales de los imagineros castellanos y andaluces, especialmente las de Gregorio Fernández.

La contumacia de los socialistas en atacar a la iglesia católica no tiene límites, aunque para ello se salten la Constitución, que habla de aconfesionalidad y libertad religiosa, pero no de laicismo beligerante. Sólo el oportunismo de los votos lleva a Rodríguez Zapatero a matizar el pacto suscrito por PSOE y ERC en la reciente moción presentada en el parlamento, señalando que por ahora no está en su agenda; pero no engaña a nadie, pues toda su política no ha tenido otro fin que dividir a la sociedad y hacerlo en aquello que más daño podía hacer, como son las creencias religiosas. ¡Qué cruz, Señor!

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