Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Tribuna | José Luis Gavilanes Laso

Escritor

Días pasados ha estado conferenciando por estas tierras cazurras el exbanquero, Doctor Honoris Causa por a Universidad Complutense, y más imputado y engominado que el mismo Berlusconi, don Mario Conde. No he podido reprimir dedicarle una cariñosa carta aludiendo a su pasado inmediato. Al alba, con viento fresco y escasa nubosidad, privado de libertad despertabas, Mario Conde, en la cárcel de Alcalá. Mirando por la ventana, dióte mucho que pensar aquella clara mañana ver una urraca volar. Según mito popular, es la urraca ave ladrona, cuyo pico no perdona todo lo que pueda hurtar, pasando a su propiedad lo que de suyo es ajeno, sin alcanzarle condena, pues no por casualidad vuela gozosa en el cielo pregonando libertad. En humana sociedad, si el poder te come el «coco»y te pones como loco carente de dignidad a la caza de dineros cogiendo lo que no es tuyo, te persiguen los «maderos» hasta meterte en el «truyo». Luego el robo es relativo en el orden natural: lo que en la urraca es normal, en el hombre, delictivo.

-” ¿Juzgas acaso decente, ¡oh! Mario de al «po r mayor», desplumar al accionista hasta dejarlo a la vista como un pavo al «por menor»? Trasmudados sus dineros, se ha quedado sin las pelas y poco menos que en cueros. -”¿Es que acaso no sabía el simple contribuyente ?dijiste muy displicente? que en esta mercadería es la Bolsa una serpiente tan voraz como una arpía, que si puede te echa el diente siendo mortal su mordida?: lo que ganas en un día en el siguiente lo pierdes. Luego, si quieres ganar, siempre en mi juicio confía, pues nunca falla, jamás: ¡invierte cada dos días!, y abstinencia, los demás. ¡Oh! fénix de los talentos, doctoral y peripuesto, Apolo del «pelotazo», que gobernaste orgulloso el condado del Banesto. ¡Oh! flor de la altanería, que te elevaste hasta el cielo apresando sin piedad todo que oliese a dinero desde Italia a Portugal. Y hablando de hermanas tierras, donde Helios se nos pone, el luso anduvo alterado, muy ofendido de tu nombre, por haberle tú comprado y aquél haberte vendido del total de las acciones del Banco Totta & Açores el doble del permitido. Que a ave de tanta raza no saciaban las palomas, ni tampoco los chorlitos, jilgueros o ruiseñores, pues buscaba digestiones de aves para la caza, fueren ellas los azores, gavilanes, alcotanes e incluso fieros halcones. Rapaz de tu condición nunca renunció a la presa, fuese ave o Abelló. También dicen que volaste sobre el cielo lusitano por querer echar el pico al Pinto & Soto Maior, y al mismo Espirito Santo, bancos de gusto exquisito y delicioso sabor. Mas no atreviste con tanto, diste una pausa al instinto de tu espíritu glotón, no siendo que tanto plato, además de por ser santo, provocase indigestión. Poniendo tus fieras garras en paloma consagrada, llegada en Pentecostés, es acción excomulgada, aunque venga disfrazada como banco portugués. Si alguien te preguntaba ese afán por el dinero, tú respondías: «Vivo sin vivir en mí, del dinero tanto espero, que no gano cuanto quiero y sólo embolso sufrir. La fortuna perseguí a tal precio y disparate, que la palabra «bastante» nunca consigo escribir. Ando con tal frenesí y tanto elevarme anhelo, que muero porque no puedo al mismo cielo subir. Más desgraciado no vi; ni en listo, guapo o dinero consigo ser el primero: ¿quién ha de envidiarme, di? Y si el mundo es hoy así, de infame y mal repartido, en algo yo soy culpable, por lo menos, consentí; ¡con tus ansias de alcanzarme, no me lo hagas más vil!». Aquel decir dolorido despertó tal compasión, que si el nombre se pudiera mudar por estimación, al buen don Mario ascendiera de Conde a Emperador. Mario Conde, Conde Mario: azul por noble apellido, mas sin brillo nobiliario, es un añil deslucido con gusto y sabor marino a boquerón y chicharro. Todo tu orgullo y victoria es ya una puesta de sol, sin brillo ni resplandor, que refleja al pormenor, Mario Conde, Conde Mario, el ocaso de tu gloria. Gris te pintan en la radio y de amarillo en la prensa; verde te ponen las lenguas, sapientísimas o necias, porque dicen los que piensan-”si es que en España se piensa-”que te pusiste morado saturando la despensa. Mas no quedarás sin blanca, aunque sí te lo merezcas; ni vas a pasarlas negras, pues aquí tamañas trampas no se pintan entre rejas; y hasta acaso, de rositas, te vayas sin rendir cuentas. Si un borrón es simple tacha, en tu caso es un marrón, que tiene más sinrazón que Don Quijote en La Mancha; pregúntenle a Castellón, el juez que instruyó tu causa. Contrariando la evidencia, burla burlando las reglas, tu rojo, más que de sangre, es un Rojo que te aprieta, con ley del Banco de España, de los pies a la cabeza. Ni tampoco el colorado, es para ti de vergüenza, eso es asunto de pobres diablos de teja y cobre, de inocentes y poetas. Mario Conde, Conde Mario: ¿a dónde tu guante blanco, toca, birrete y muceta, fama, altivez e inventario, que has dejado en la cuneta por traje de presidiario?; ¿dónde peculio amasado y muy ricas pertenencias, si han de serte confiscados, y una celda tu existencia de escasos metros cuadrados, en templo reformatorio de desviaciones civiles, porque salen como santos los que entraron como viles? Mas, en espacio y en tiempo, en esa casa a los vivos pasa como si estuviesen muertos: apretadita la estancia y los minutos, eternos.

Mario Conde, Conde Mario, mucho jugaste y ganaste, pero al fin llegó tu hora en tiempos en que Romario jugaba en el Barcelona. Por la hierba del Camp Nou no soplaban buenos tiempos, como dijera Ramón, el de los cabellos blancos y el de merengues cabreos, pues no le entraba el balón y en las arcas los dineros. Y es que a Conde y don Ramón, versus don Mario y Mendoza, les trastornó la ambición por cuestiones de pelota: en un caso por el gol; en otro, por bancarrota. Acabo ya, y con receta, que sobre ambición humana dejó escrita un magnífico poeta: «Esperanzas cortesanas, prisiones son do el ambicioso muere. Así, me enseña descubierta su esencia la verdad, y mi albedrío con ella se compone y se concierta». Confieso que me asombré con cuanto brío se desbordó tu insolencia fraudulent a, y por ello de tu sombra yo me río, y digo lo que precede, para que cuadren mis cuentas. Salud, hermano.

tracking