la opinión del lector (I)
Felicitación de Navidad
Estamos a las puertas de la Navidad. Se respira ya el ambiente navideño que nos invita a la alegría por el Nacimiento del Redentor. Navidad no es la fiesta del invierno, ni la fiesta del nacimiento del sol, ni la cristianización de viejos ritos paganos relacionados con la luz. Nuestra fe cristiana no se alimenta de mitos ni de leyendas más o menos poéticas, por más que la Navidad ha inspirado en todas las épocas a los escritores, a los pintores y escultores, a los músicos y a tantos otros artistas y maestros del espíritu. El Nacimiento de Jesús, ciertamente, pasó desapercibido para los historiadores de su tiempo. Estos, al percibir el influjo creciente de los discípulos de Jesús, empezaron más tarde a fijarse en el cristianismo. La Navidad arranca de un hecho histórico, situado en unas determinadas coordenadas geográficas y temporales por los Evangelios y por los otros libros del Nuevo Testamento, que son las fuentes documentales inmediatas, aun cuando tuvieron también una finalidad catequética. Cuando Jesús vino al mundo naciendo de la Virgen María en Belén, fue reconocido por unos pocos miembros del pueblo de Israel, los pastores y aquellos dos ancianos Simeón y Ana, cuando a los cuarenta días fue presentado en el templo. Ellos fueron los primeros, junto a María y a José, en recibir los dones de bondad, de misericordia y de amor que ofrecía el recién nacido. Quien se detiene hoy ante el portal para contemplar al Hijo de Dios que yace inerme en el pesebre, en el centro de la bellísima escena recreada por san Francisco de Asís en la primera recomposición navideña del mundo, queda también sorprendido por este acontecimiento inexplicable humanamente. A la vez comparte el asombro y la sencillez de la mujer que Dios escogió como madre del Redentor precisamente por su humildad. En el Niño de Belén todos los hombres sin excepción pueden descubrir que son amados gratuitamente por Dios. ¿Puede haber mayor ternura que la que irradia un niño recién nacido? ¿Cabe mayor gozo que el de una madre cuando ve y toca por primera vez el fruto de sus entrañas? Esta fiesta ha sido y será siempre conmemoración de un nacimiento, aunque no sepamos con precisión matemática la fecha exacta. Con la luz y la alegría de esta fiesta se nos manifiesta a cada uno de nosotros la infinita bondad de Dios. En Jesús el Padre celestial inauguró una nueva relación con nosotros. Quiso hacernos «hijos en su Hijo». Durante estos días debemos meditarlo y agradecérselo. Y al reconocer tan gran dignidad, aprendamos también a mirar a cada hombre o mujer con quienes nos encontramos en la vida, como un potencial hijo e hija de Dios y, por tanto, como un hermano o hermana. Navidad tiene también esta dimensión humanizadora y universalista, sin distinción de razas, lenguas o culturas. ¡Feliz Pascua de Navidad!