Diario de León
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Tribuna | José Luis Gavilanes Laso

Escritor

Don José Bono esta triste, ¿qué le ocu rre a José Bono? El presidente del Congreso de Diputados está muy afligido ante la reafirmación de un grupo de obispos, advirtiendo severamente a los parlamentarios españoles que aquellos católicos que voten la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, no podrán recibir la sagrada comunión. Salvo que, además de confesar, manifiesten públicamente su arrepentimiento. Es triste, muy triste, que esta actitud inflexible e irreflexiva de los obispos se pueda aplicar a un hombre, como el catosocialista señor Bono, que ha dedicado parte de su vida en tender pasarelas y puentes, empeñado en acomodar su conducta al evangelio, teniendo por ello, con vistas a la eternidad, la conciencia más tranquila que las aguas del Mar Muerto. Y más triste aún, para este pontífice seglar, que pueda ser excomulgado, con la imagen muy viva en su retina del oficiante dando la oblea sagrada a un asesino desalmado y ladronzuelo como Augusto Pinochet. ¿O es que, por ventura, los asesinos devotos tienen bula?

Y por decir esto que ha dicho, al pobre Bono se le han echado encima papones y paponas, acusado, no de tener cara tan dura como la de Berlusconi antes de que se haya evidenciado su fragilidad, sino de tenerla «pétrea, marmórea y lapidaria». Esto es, incluido en la nómina de aquellos y aquellas inquisidores que nunca suscribirían la inscripción parietaria que vimos cierto día en Ponferrada mi cuñado y yo: «Nosotras parimos, nosotras decidimos»; por considerar aquellos y aquellas la vida humana un ente defendible fuera de la propiedad y responsabilidad de quien lo engendre, no sólo desde el feto, sino desde el espermatozoide más veloz de todos, al negar ponerle un sambenito al pito. A pelo y castidad, como mandan los cánones. Y entre la procreación y el placer, el primero, que el segundo sólo es artimaña de la pícara naturaleza para que la especie se multiplique.

Pero, señor Bono, ¿qué necesidad tenía usted de dar un salto mortal grande y allende, nada menos que a Chile, para mostrar su queja y desacuerdo a los obispos más conservadores? ¿No tenía usted en ese momento otro ejemplo más cercano y aquende, que no le llevase hasta la Patagonia para manifestar su enfado? ¿Acaso el comportamiento de nuestro ejemplar caudillo más inmediato no fue tan cruel y desalmado, puede que arrepentido en el confesionario ante Dios para ganar (no la gloria, que esa la ganó con creces en tierra, sino el cielo), pero nunca ante los hombres por los miles de viudas y huérfanos que dejó desamparados? Ha sido el mismo caudillo comulgante, señor Bono y señores obispos de hogaño, que no atendía a ruegos eclesiásticos, ni siquiera los del Papa, pidiendo clemencia para sus víctimas y, sin embargo, se le daba a diario la sagrada forma y palio a la entrada y salida de los templos. ¿Es que el señor Bono está tan desmemoriado que ya no se acuerda de nuestras hazañas bélicas más recientes? ¿Es posible que a una cabeza tan lúcida como la suya se le haya olvidado que los obispos arroparon, ensalzaron y cubrieron de elegías y arrumacos al señor de El Pardo, sabiendo muy bien que se había hartado de firmar sentencias de muerte bajo leyes de una Justicia unilateral a su servicio? ¿O prefiere, mejor, el señor Bono hacer la vista gorda, que tras tres años de espantosa guerra y otro período no menos calamitoso de posguerra, ha de ser convenientemente gordísima? Ya se sabe que estamos en un país harto tornadizo, que tan pronto exalta la libertad como las cadenas, de modo que mejor escoger y medir milimétricamente las palabras, por si las moscas. En verdad, después de la apertura de la recuperación de la memoria histórica, tibio producto del gobierno de su partido para dar justicia a los vencidos, no le creía yo al señor Bono integrado en el grupo de los bienintencionados compatriotas, para quienes hay que dejar los huesos de los rojos allá donde se encuentren. Sobre todo los que fueron carne de pistolas y fusiles junto a tapias, descampados y cunetas, bajo el eufemismo mentiroso de «parada cardiaca» o «accidente de guerra», después de ser sacados irregularmente de prisiones que más tarde se convirtieron en confortables paradores de turismo, sin que quede en ellos el más mínimo vestigio, la más insignificante señal, de los crímenes contra la humanidad que allí se cometieron. ¡Por Dios!, que eso es agua pasada y ya no mueve molino. No reabramos las heridas, ya absolutamente cicatrizadas, ni despertemos enconos, ni juguemos a tirarnos los muertos como arma arrojadiza, no sea que Saturno resucite y abra de nuevo sus fauces furibundas devorando a sus hijos, en esta piel de toro que, como dijo Machado: «Siempre anda errante la sombra de Caín». Dejemos, pues, en el subsuelo, muertos y bien muertos, a los que, vivos y bien vivos, no supieron vencer en los campos de batalla. Y echemos cal viva a ese pasado inmediato que a unos enorgullece todavía y a otros avergüenza.

¿Por qué, entonces, dilapidan con esa furia al señor Bono, que ha puesto desde antiguo al servicio de la patria su talante conciliador a la dicotomía hispana, de manera fehaciente a su paso por la cartera del Ejército? ¿Quién no le recuerda manifestado pacíficamente en la Puerta de Alcalá, a punto de que le partieran la cara a ultrabanderazos? ¿O rescatando del baúl, del desván y del arcano, a la División Azul y al rojo republicano, en contubernio nupcial, procurando un Gran Hermano de concordia nacional? Porque, los que se exhibían azules por Dios y por España, cayeron con heroísmo al tratar de darle caña al marxismo-leninismo. Y rojos por la libertad hicieron tanto o lo mismo, pa deciendo la maldad de los nazis y el fascismo. Con tan firme bonhomía del señor Bono en cuestión, a muchos agradaría e inflaría de ilusión ver su apellido mudado, y en ellos me encuentro yo, que hombre tan bien humorado y de sílaba muy amena nos produce enorme pena que no haya diptongado.

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