Obama y el consenso occidental
Panorama | antonio papell
Siete presidentes norteamericanos habían intentado sin éxito llevar a cabo una reforma sanitaria del estilo de la que llevaba Barack Obama en su programa electora. Se espera que el presidente norteamericano pueda estampar su firma a finales de enero o a principios de febrero y que la nueva normativa entre plenamente en vigor en 2013 ó 2014.
La reforma es sumamente modesta si se evalúa mediante baremos europeos, y así lo creen incluso los sectores más progresistas del partido de Obama. En efecto, la estructura sanitaria norteamericana no cambiará sustancialmente, como exigían las grandes corporaciones sanitarias y aseguradoras privadas; sin embargo, tendrán cobertura sanitaria asegurada unos 30 millones de los cerca de 47 millones de ciudadanos que hoy están a la intemperie, y a merced de la beneficencia. La reforma creará dos circuitos de asistencia sanitaria, uno público para pobres, inmigrantes legales y jubilados, y otro privado para el resto de la población. El contenido específico de la reforma, que como se ha dicho todavía no ha sido completamente acordada, es modesto y evidentemente opinable, y probablemente deberá incluso ser reajustado mediante ulteriores aportaciones normativas. Sin embargo, lo interesante de este asunto es el criterio que ha prosperado de la mano de Obama y en un país en que, por razones históricas, ideológicas e incluso religiosas, lo público genera sistemático rechazo, hasta el extremo de que se le niega incluso al Estado el monopolio de la fuerza: la Constitución norteamericana consagra el derecho de los ciudacanos a poseer y portar armas.
La hostilidad de la sociedad civil norteamericana al Estado, que ha sido un magnífico freno contra los totalitarismos aunque con frecuencia haya generado pulsiones liberales extremadas -”todavía están en la memoria los neocon de Bush-”, ha ido perdiendo históricamente terreno a medida que el establishment ha tenido que ir cediendo a las demandas de solidaridad y de más Estado de Bienestar, que se hicieron especialmente potentes después del crack del 29, cuando nació una incipiente Seguridad Social. Ahora Obama concluye la tarea comenzada por Roosevelt e introduce definitivamente a su país en el llamado consenso socialdemócrata, que no es otra cosa que la aceptación prácticamente unánime del criterio de que, aunque el crecimiento, el desarrollo y el progreso dependen fundamentalmente de la iniciativa y la creatividad de la sociedad civil, al Estado le corresponde el establecimiento subsidiario de una red inferior de bienestar, bajo la cual no debe deslizarse ningún ciudadano. Por decirlo más claro, los viejos conceptos derecha e izquierda siguen manteniendo una entidad expresiva que resume la puralidad y describen propensiones que enfatizan, respectivamente, la libertad y la igualdad. Pero la gran nivelación ideológica, en la que Obama acaba de ingresar, ha diluido grandemente la confrontación entre los dos polos de la dialéctica parlamentaria, de forma que el consenso es también una herramienta poderosa de la creatividad política. De ahí que muchas veces los grandes partidos de nuestro ámbito no rivalicen en las propuestas, que son muy semejantes, sino en las formas de gestión, que ya no poseen apenas carga ideológica. Obama ha aproximado los EEUU a Europa también en el terreno magnánimo de los grandes principios que dan sentido a nuestras sociedades.