Cornada de lobo | pedro trapiello
Enigma en lingote
La cuestión se dilucidará cuando exégetas y doctos en Escrituras averigüen qué cantidad aproximada de oro pudo ir junto al incienso y la mirra en los presentes y regalos que le hicieron los Magos de Oriente al Niño Jesús en el portal de Belén (¿Esteban?).
¿Era oro en monedas, en lingotes o en joyas...? ¿aceptaron el regalo los padres del neonato o, abrumados, rehusaron la morterada desde su integridad moral...? ¿superaba en cantidad lo que puede aceptar un cargo público según el manual ético contra la corrupción que ha aparejado el Pepé poniéndole a un burro muerto y podrido cebada al rabo...? ¿qué hicieron después con todo aquel oro...? ¿le dieron propina al dueño del establo para que comprara algo de cebada al buey y a la mula que hicieron de calefactores...? ¿pudo san José al fin pagar una fonda para abrigar a la parturienta y a la criatura abandonando el pesebre y la cruda intemperie... o lo reservó para montar un negocio de carpintería del que tendría que vivir la sagrada familia después...? ¿lo guardaría para pagarle después los estudios al crío...?¿y por qué los Magos le llevaron oro regalado si sabían que aquel niño sólo llegaría a ser rey de los pobres sin más derecho a palacio y lujos que una túnica de color púrpura que sería toda su declaración patrimonial al pie de la cruz...? ¿pretendieron corromperle con el vil metal para distraerle de su misión redentora...? ¿creían ya aquellos «reyes» orientales en esa verdad consagrada en el viejo refrán de «el que regala bien vende si el que recibe lo entiende»...? ¿qué buscaban exactamente con un regalo tan tentador...?
Después de hilar todas estas preguntas tengo la sensación de ser la reencarnación de aquella beata que en una de sus frecuentes confesiones le dijo al cura «padre, me acuso de ser algo chismosa», a lo que el reverendo le contestó formulariamente con lo de «en fin, hija mía, no es un pecado grave, pero tendrás que procurar corregir esos impulsos chismorreros y evitar esa fea costumbre; reza tres avemarías de penitencia y vete en paz, ego te absolvo». Antes de irse, la feligresa añadió: por cierto, padre, cuando murió san José, ¿qué hizo la Virgen con la carpintería?, ¿la vendió?, ¿la traspasó?