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León

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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

Ruinas y más ruinas. Soldados norteamericanos. Muertos a miles por las calles. Reparto de víveres desde un helicóptero. Gentes que tratan de cruzar la frontera para huir del hambre y de la miseria. Niños que lloran. Una funcionaria europea desaparecida bajo los cascotes. Una breve entrevista a un preso que se escapó de la cárcel por una grieta. El funeral del arzobispo. Bomberos llegados de una parte y de otra. Soldados de las Naciones Unidas. Noticias de niños que pueden ser adoptados. Máquinas excavadoras. Un hombre rescatado vivo de entre los escombros.

Todo eso y mucho más nos han transmitidos los medios de comunicación sobre el tremendo terremoto de Haití. No es el mayor de los que han ocurrido en los últimos tiempos, pero es el que mayor cobertura mediática se ha ganado. Cándido ha escrito que en el mundo de hoy «la actualidad no ocurre, se crea. Si no existiesen periodistas, no habría actualidad. Habría sencillamente hechos».

¿Cómo reaccionar ante tanta desgracia? Ya el miércoles día 13 de enero, al final de la audiencia general, el Papa Benedicto XVI nos decía: «Aseguro mi cercanía espiritual a quienes han perdido su casa y a todas las personas probadas de diversas formas por esta grave calamidad, implorando a Dios consuelo y alivio en su sufrimiento. Hago un llamamiento a la generosidad de todos, para que a estos hermanos, que viven un momento de necesidad y de dolor, no les falte nuestra solidaridad concreta y el apoyo efectivo de la comunidad internacional. La Iglesia católica se pondrá inmediatamente a la obra a través de las instituciones caritativas para salir al encuentro de las necesidades más inmediatas de la población». Oración, compasión y acción eficaz. He ahí tres formas de respuesta para los creyentes.

Por parte de los católicos, esa exhortación no ha sido ignorada. Basta ver el gran número de agencias católicas que se han apresurado a recoger ayudas para los damnificados.

Es cierto que algunos amigos nos cuestionan: «¿Y dónde estaba Dios?». Eso le preguntaron al teólogo judío Elías Wiesel a propósito de los campos de concentración. Él se limitó a contestar: «Dios estaba en las víctimas». Dios se ha identificado siempre con los que sufren. Con los que son aplastados, y no sólo por los cascotes materiales.

Si los dineros que se envían a Haití después del terremoto hubieran sido enviados antes y no hubieran sido desviados de sus fines más urgentes, la catástrofe no habría sido tan grande. Hemos apartado los ojos del Dios que vivía en uno de los países más pobres de la tierra.

Cuando culpamos a Dios de los desastres es que no tenemos la conciencia muy tranquila. Sabemos que la naturaleza funciona según unas leyes fijas. Pero nos empeñamos en ignorar las leyes de la fraternidad y la justicia.

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Se ve que necesitamos de vez en cuando un holocausto para que nuestra conciencia se despierte. Para que veamos todo lo que nos sobra, a pesar de las crisis.