Cornada de lobo | pedro trapiello

Pero ciego, nunca

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pedro trapiello
León

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La perra de caza quizá más añorada de don Miguel fue una cocker, raza más de piso que de rastrojo, una cocker negra que se le fue quedando ciega con los años. Contaba Delibes que al final de sus días la sacaba al campo, la llevaba en brazos hasta unos surcos o una cuneta y allí la dejaba un rato largo caracoleando y afanándose en rastros, aunque estaba más cegata que un topo... pero no de vientos, que los leía con sus puntos y sus comas. Y viéndola feliz, haciéndola recordar viejas carreras y recompensas, volvía a casa don Miguel dichoso de haber cumplido las caridades que le exigía su perrina del alma, muy del alma, aunque la viera trompona y vegetando en su rincón los días muertos de aquella casa con muchos libros, silencios y, entonces, algarabías. Le escribió algunas páginas memorables en las que quise ver a un Delibes intuyendo o exorcizando sus propias postrimerías y su pánico a la ceguera, pues ya entonces renqueaba, la vista se le acortaba y los achaques anunciaban quirófanos, fatigas y postraciones irritantes; deprimentes, decía él. Pero ciego, nunca... aunque la fe se quede tuerta.

A lo largo de la octava de su entierro se han producido cataratas de de sentidos adioses y elogios más que merecidos; también algún desdén fue lógico en el parnasete literario; a Delibes le leía la gente y eso irrita notablemente al sindicatín de gloriosos que respiraron aliviados cuando hace ya unos años anunció el vallisoletano su decisión de no escribir nada más. Pensó, quizá, que ya lo tenía todo dicho.

En el último tranco de su vida apenas concedió entrevistas y rehusó figurar en la marea de tiberios que le llovían. Y si alguien quiso hacerse foto endiñándole alguna medalla, tuvo que hacerlo en la salida de su piso, la guarida entrañable donde Delibes afrontó su declinación ordenando, repasando y viendo las tardes morir. Declaraba un día el agobio y el sinsentido de una vida de la que eran dueños el impedimento y los médicos. Aquel día temí que la amargura le precipitara el final, pero al igual que su perrina cocker, se dejó querer y cuidar en su desvalimiento aplazando la hora fatal y, algunas veces, volviendo al pueblo (¡bien!) o a la rastrojera de los halagos (¡uf!)...

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