Cornada de lobo | pedro trapiello
Dainos pol bombo
Desde el balcón central del viejo Hospicio mirábamos la procesión del Dainos sin musitar palabra porque llovían coscorrones si metíamos bulla al paso penitencial de humildes mujeres vestidas, sin más, de sí mismas, junto a paisanos meditabajos y cabizbundos que rezaban con sordina para su solapa, luciendo algunos por todo disfraz la camisa morada con cordón corbatero amarillo que era la seña de los terciarios y ofrecidos al Nazareno taumatúrgico de los Capuchinos, devotos con deuda por resolver ante ese Jesús de Medinaceli de gesto crujido que pide lástimas con su severidad sobrecogedora. Salía el cortejo de la iglesia de San Francisco al ir expirando la tarde siempre soplada, fresca y emotiva. Rezaban su siseo las suelas del cortejo popular en hileras desfilantes. En las manos portaban cirios cuya cazoleta cortavientos no impedía que resbalaran sus lagrimones de cera cubriendo a veces el puño con costrón ardiente. Y cantaban todos (o sea, todas, porque aquí la masculinidad paisana azorra el cántico o lo elude) como canta el pueblo, con oreja de alpargata, arrastrando las notas y rizando la coda final: « Jesús dainos buena muerte »... a capella, sin más músicas ni pífanos ni tamborradas. Esta era la gracia sutil y austera de la procesión del Dainos , su rústica solemnidad. Se mascaba el recogimiento que exigen los cementerios, los cortejos de cadalso y la muerte puesta de pie sobre unas andas. Así lo mandaba una tradición de siglos, patrimonio popular que el otro día vi sepultado bajo todo el teatro ruidoso que ha ¿enriquecido? y corrompido aquella vieja sencillez de modesta liturgia. Ahora impera el ruido y una marcialidad militarona y repelente que le pega a la mística del misterio como a un Cristo dos pistolas; y no tomen esto las cofradías como idea o algún día acabaremos viéndolo; de hecho, en una procesión del martes atronaba su banda con tararíes de una marcha militar yanqui típica de Westpoint o cubierta de portaviones, el colmo del ridículo, la consumada aberración paleta, copiona y degradante de unos listos y colonizados semanasanteros que embuten chorrada plagiada robando por la cara la vieja seña leonesa de la cosa... y delatando así nuestra imbécil vulgaridad aldeana y crónica.