Y tú ¿me amas?
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El evangelio de este domingo narra la tercera aparición del Resucitado a sus discípulos, aprovechando para invitar a Pedro a hacer su memorable triple confesión de fe que recuerda la triple negación del Viernes Santo. Es la gran maravilla del cristianismo: el Señor, ante todo, no es Juez, ni nos echa en cara nuestros defectos, cobardías o equivocaciones; es el Señor de la acogida, del amor profundo, del perdón incondicional. Nos recuerda, con su ejemplo, que así debe ser la Iglesia, en las personas y en la institución: el que se siente respetado, acogido y comprendido sin exigirle ningún reconocimiento de culpas y defectos, tarde o temprano se lo exige él mismo y cambia de vida, la reorienta a la luz de Cristo. Ésa es hoy nuestra tarea eclesial y personal: ser testigos y agentes veraces del Señor que a todos ama, que a todos acoge. Nuestra sociedad necesita a gritos, que a veces ni se oyen, un nuevo estilo de vida, de relaciones humanas, basadas más en la acogida amorosa que en la justicia distributiva. Hay que sanar mucho dolor, mucho rencor, muchas penas, mucho mal, del cual no siempre podemos decir que no tenemos ninguna culpa; no podemos pasar de largo ante los demás o decir que no somos como ellos; tenemos que ser realizadores veraces de lo que supone la Resurrección: la posibilidad real de la esperanza.
Es seguro que si en nuestro entorno, cuando nos cansan los problemas o las exigencias de los demás, tuviéramos la intuición de ver, detrás de cada uno de los que nos esperan, al Señor, la mirada que les dedicamos o el esfuerzo que nos exige su atención no lo daríamos con gesto destemplado y agrio, sino con ademán distendido y amable. Cambiaría así el entorno y nos haríamos próximos de nuestros más próximos. Es seguro que si fuésemos capaces de ver al Señor a través de los acontecimientos gozosos o dolorosos que jalonan nuestra vida, sería más espontánea la alegría y más comedido, quizá, el dolor. El Evangelio sólo se puede anunciar con métodos evangélicos. Ser cristiano, en definitiva, no consiste en hacer pocas o muchas cosas, sino en hacerlas de otro modo, poniéndonos en el pellejo de Cristo, teniendo sus mismos sentimientos. Según nuestra mentalidad, Jesús tenía razones sobradas parea decirle «cuatro cosas» a san Pedro y, sin embargo-¦ ¿Nosotros podemos decir que hacemos lo mismo?
Jesús nos dice que no depende la cosa de nuestras bellas ideas y concepciones, sino de su resurrección, con todo su positivo futuro abierto, en nuestra vida. No es lo que por nosotros mismos hagamos, sino en su nombre donde se halla una vida nueva. No hay en la historia del arte ni una sola imagen de Cristo resucitado que no muestre las señales de la crucifixión. Es una invitación de Jesús, que nos dice: «Soy yo, no tengáis miedo».