Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Así, de forma indirecta, se presenta Jesús este domingo. La figura del pastor empieza a ser desconocida en nuestra sociedad, por no ser una profesión cercana y abundante. Sin embargo, el pastor es un líder al que el rebaño sigue y en quien confía. También nosotros hoy necesitamos líderes ejemplares, coherentes y dignos de crédito. Les podemos llamar como mejor nos parezca, pero necesitamos en nuestra sociedad puntos de referencia, modelos a seguir. Ahí entra Cristo y ahí entramos también los cristianos.

Cristo Resucitado nos invita a ser sus testigos en todos los tiempos y en todos los lugares de la tierra. El cristiano es un testigo de Jesús. Pero, ¿qué significa esto? Jesús se define ante Pilatos como el testigo de la verdad. La pregunta de Pilatos a Jesús, «¿qué es la verdad?», es hoy más frecuente y actual, porque son muchos los que se lavan las manos y se desentienden de ella. Jesús respondió con su vida y con su muerte a esta pregunta. La verdad de Dios es su amor al hombre, la entrega, el servicio, el trabajo por la paz y la justicia. Necesitamos testigos de Jesús que sean ante el mundo signo y fundamento de una nueva historia fundamentada sobre la civilización del amor.

No podemos imaginar un seguimiento de Jesús que no pase por el camino que Él pasó: un camino de lucha y de cruz. Estamos aún en tiempo de tensión, de esfuerzo, en esta inevitable mezcla de bien y mal que es la ruta del hombre. Pero tal vez no sea este el principal peligro. Hay tanto dolor y tanta malicia en nosotros y en nuestro mundo, que nos impiden olvidarlo. En cambio olvidamos fácilmente el anuncio de la Vida eterna o, al menos, éste no tiene la fuerza que debería tener en nosotros. Con demasiada frecuencia es para nosotros sólo una esperanza -más o menos firme- para después de la muerte. No parece que sea una convicción presente que influya, alegre y dé esperanza hoy. Hay déficit de esperanza.

Si hay en nosotros realidades de amor, de verdad, de bien, esto es la Vida de Dios en nosotros. Ser fieles es difícil, a menudo doloroso, requiere una lucha. Pero también es ya participar real, feliz y alegremente, de la Vida de Dios. Aquella vida que explotará en la plenitud de la Vida eterna, compartiendo la suerte de Jesús, que debe penetrar nuestra vida y de la que la Iglesia debe ser servidora. Así todos los bautizados seremos para los demás «pastores», referencias claras de un nuevo estilo de vida. Y no olvidemos pedir en este domingo que surjan de nuestras comunidades personas generosas que acepten seguir a Cristo en el sacerdocio, el pastoreo, y la vida consagrada.

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