El paisanaje | antonio núñez
La ciudad no es para ella
A Sonsoles Espinosa, esposa del presidente del Gobierno, señor Rodríguez Zapatero, no le gusta el coche oficial y se siente enjaulada en La Moncloa de la que dice que es una «sartén hirviendo», según han confesado los más íntimos a la revista Vaniti Fair , previo permiso de la segunda dama del país, por supuesto. En esto de la propaganda la familia no da puntada sin hilo, aunque ninguno sepa coser.
Comparar La Moncloa con un piso protegido no sé, pero lo del coche oficial y no digamos el avión no cuela. Cierto amigo común de Alija de los Melones, que me ruega encarecidamente no citar su nombre «aunque de todas formas se van a dar cuenta», me daba la razón ayer en que no es lo mismo el coche presidencial que el Talbot que él le prestaba a José Luis para ir a ver a Sonsoles cuando eran novios, «porque el Seat 1500 negro de su padre era una ruina» y valía para dar una clase a la semana en la Universidad de León, una chulada estudiantil en aquella época, pero no para enfilar la carretera y el pueblo del futuro suegro, que era teniente coronel. Las matrículas y las multas deberán figurar todavía en la Dirección General de Trafico, Ministerio de Rubalcaba, Gobierno de España.
La añoranza de Sonsoles por León desde que está recluída en La Moncloa contrasta c on las pocas ganas mediáticas de mi mujer, que el otro miércoles me dijo, no sin acritud, «es el veintiún aniversario de nuestra boda y nunca pensé que me fueras a durar tanto». Eso sí, la hipoteca está pagada para toda la vida, no como la de los otros dos, que tienen que renovarla cada cuatro años.
Se cuenta en la revista anglosajona que Sonsoles sale de compras a El Corte Inglés prácticamente disfrazada para que la gente no la reconozca -”ojo, chavala, no te vayan a confundir con Camila Parker Bowles-” y que el mismo anonimato quiere para sus hijas góticas. «Moza», le dije yo a la mía, «si por casualidad alguna vez nos hacemos una foto con los Obama ni se te ocurra ir vestida del ku-kus-klan». Uno cuida también la imagen de la familia. «Puedes ir a un botellón normal», añadí, «pero no a las tapias del cementerio».
La vida privada de los políticos es a menudo entrañable y digna de compasíón. Resulta patético que cuando la señora presidenta quiere ir de compras a Zara tenga que desplazarse a Londres en un avión mystere o que para las vacaciones del verano haya de repetir entre un apartamento en Doñana y otro en Lanzarote, ambos de protección oficial. Se quejan sus amistades, y con razón, de que hasta para las mujeres en paro tiene Viajes Marsans mejores ofertas.
Según la dicha revista extranjera, que debe de ser como aquí el Hola , lo único que relaja a la señora del presidente es la música y, más concretamente, hacer gorgoritos en un coro, algo que borda desde niña, y a ser posible en el extranjero, donde no la reconozcan. El cante puede no estar mal, pero para sacarla de gira hace falta otro mystere, la tira de escoltas, avisos diplomáticos desde la embajada tal o cual, etcétera, o sea una pasta casi tan gansa como los trescientos millones de las antiguas pesetinas que ha costado el nuevo órgano de la Catedral para uno de sus mentores, el cura que los casó, Samuel Rubio. En este caso sí puede decirse que, si no el hábito, el órgano hace al organista.
Han tenido un gran éxito mediático, que es de lo que se trataba, las confesiones a sus íntimos de la señora Espinosa, si bien sean menos rotundas o creibles que las de Belén Esteban. «No hay color», ha dicho Jesulín, que sólo entiende de cuernos y aquí no los hay.
En cuento a las cancillerías europeas y el desdén de Sonsoles por la cosa pública, a saber qué piensan, por ejemplo, Sarkozy y Carla Bruni en el Palacio del Elíseo. Del primero se dice que se le han quedado las cejas tan perplejas como a su colega español y de la segunda que su opinión es irreproducible, merde alors. Pero en La Moncloa la añoranza de León es cual la morriña gallega.
Como en Casa Benito ni hablar.