Publicado por
pedro trapiello
León

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El paisaje de los altos de Foncebadón es algo desabrido y muy desabrigado. Son lomos de monte soplados con furia y vestidos con tapete de matorral, apenas árboles, y eso indica que por allí suelen pasar los fuegos tanto como los peregrinos. El sitio desasosiega cruzarlo con tiempo inclemente. Con nieve es un infierno blanco que desorienta incluso a los lobos que dicen aguardaban aquí antaño para tirarse a los cadriles de los andariegos en la oscurecida, pero es leyenda peregrina, porque en León son los lobos los que huyen de la gente y en eso estriba su supervivencia; otra cosa han sido estos últimos años los perros aloriados y mastines paranoicos de una paisana de Foncebadón que odiaban con ladrido terrible toda cosa que llevara mochila.

Por lo demás, el lugar fue tacaño con los arados que le hurgaron y no invitó mucho a poblarlo. Tiene mucha soledad el sitio. Si no fuera por los peregrinos, nadie cruzaría hoy por aquí buscando galicias o atlánticos. Pero el andariego que persigue jubileos ha de pisar estos pasos. La Cruz de Ferro espera su señal y su piedra. Es otro rito del Camino y, sin ellos, queda coja la magia del esforzado perdón. Lo curioso es que todo el derredor de esa cruz de hierro lo tienen barrido y no encontrará el peregrino piedra fácil para arrojarla en aquella montonera sagrada y pagana que se alza bajo un poste con una cruz de hierro sujetada en lo alto. Ese poste de ahora es horrible, rectilíneo y telegráfico, lupulero o de la luz, poste que hace añorar el viejo tronco de roble nudoso que campó siempre en este montecillo de piedras votivas. Era un tronco retorcido y desbastado con hocil, una pura escultura, una genial mueca vertical de madera canosa que convirtió en obra maestra el poste modorro e industrial que hoy reina en aquella tradición de la pedrada romera.

La paradoja de ese montón pedrero es que no tuvo nada que ver con el Camino de Santiago. Lo inventó la gallegada celta; dejaba allí sus morrillos por una razón que en nada se parece al significado que tiene hoy para el peregrino lanzar su piedra a ese votivo montículo-escombrera. Y es que toda religión tiene su rito de piedras lanzadas diciendo que son pecados.

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