Diario de León

Cornada de lobo | pedro trapiello

Pintar es contar

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pedro trapiello
León

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De la misma forma que hay quien asegura que Toño Velasco no fue un pintor propiamente dicho, por ser «copista» de cartelones de cine, ya habrá alguno que quiera reducir la obra del lacianiego Manolo Sierra al campo del ilustrador, del muralismo o del cartelismo y no al de la pintura. Allá ellos. Será miopía o envidia.

Si el arte de pintar es un arte de contar y emocionar, ¿cuántos pintores oficiales lo logran y a cuántos habría que tirar del guindo? Lo bueno de Sierra es que sólo ha querido subirse a robles y chopos (y que vayan otros a papar la guinda ). Tiene colgada una colección de cuadros hasta finales de este mes en Sardón bajo el lema «Año de nieves» y ahí se ve que esos son sus árboles y esas sus alturas a las que sube para otear los paisajes que no consigue sepultar la nevadona y, así, puedan resucitar después con primavera babiana o se hagan bodegón luminoso en un salón de penumbras o estallen de color en un jarrón de capilotes mientras por la ventana entra una noche con luz de luna.

Y si te preguntan en qué estilo artístico pinta Manolo, no intentes entrar en ismos, academias o corsés, porque su estilo es suyo, inconfundible por demás, y destilado de todas las escuelas en las que ha de poner su pupitre el artista con avidez de aprender. Lo que en este caso obsesiona al pintor no es buscar desesperadamente nuevas formas (es en lo que se enredan y confunden las tendencias rabiosas de hoy, ¡en el cómo y no el qué!), sino nuevos fondos, nuevo asunto, una historia, una imagen sencilla, una simplificación de lo figurativo, pero sin matar la figuración, sólo desfigurando, de manera que el que mira pueda figurárselo todo desde el primer impacto. Y lo consigue hasta tintando con rojo bermellón irreal un viejo carro chillón que insulta de esta guisa al sudario blanco de la nieve que todo lo amortaja. Es la emoción de lo sencillo lo que mueve Sierra en su asunto plástico. Convoca para ello a todos los colores como terapia natural, colores vivos e insultantes, porque así insulta la propia naturaleza con la que se conjura la pintura de Manolo para conspirar bellezas y escuchar los latidos de la tierra que palpitan en su obra. Verás que es cierto. Arrima la oreja a sus cuadros y no sólo el ojo.

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