Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El primer domingo del mes de julio se celebra en la Iglesia la Jornada de responsabilidad del tráfico. Es impresionante el aumento de los medios de locomoción. Pero al mismo tiempo es evidente que no siempre va acompañado de un aumento en la conciencia del peligro que pueden comportar para la vida humana.

Los gobiernos organizan con frecuencia campañas publicitarias orientadas al respeto de las normas de tráfico. Es su derecho y su deber. Pero, con demasiada frecuencia, esas campañas se basan solamente en el miedo a las multas que corresponden a las contravenciones o bien en el miedo a perder el permiso para conducir un vehículo.

Se echa de menos una campaña que se base en una directa apelación a la conciencia moral de los ciudadanos. Claro que lo extraño sería que se apelara a la conciencia, precisamente en una sociedad que la ha ridiculizado con tanta frecuencia. Cuando se piensa que la libertad individual es la norma última de la moralidad, no se puede apelar a unos valores objetivos.

De esa forma el relativismo, tan característico de la ética contemporánea, permite a la persona creer que ninguna acción u omisión es mala en sí misma.

Se piensa que la bondad o la maldad de las acciones depende de la decisión personal o de las circunstancias. Por otra parte, una sociedad que trata de fundamentar la moralidad pública sobre la majestad de la ley, no puede esperar heroísmos. Ella misma sugiere que la transgresión de las normas sólo es mala cuando uno se ve sorprendido por los agentes de la ley.

Además, el conductor se siente un superhombre cuando se coloca al mando de un vehículo. La velocidad es como una droga que crea adición y favorece el aumento de la autoestima. El conductor se siente autónomo e invulnerable. Tiende a pensar que los causantes de los accidentes siempre son los otros. Y que las víctimas lo son por su falta de experiencia.

Es preciso educar las conciencias de todos. Ya el Concilio Vaticano II decía que «algunos subestiman ciertas normas de la vida social, por ejemplo, las referentes a la higiene o a las normas de circulación, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la del prójimo» (GS 30). Para la ética cristiana, la responsabilidad en el tráfico es un deber moral para todos. Y por tanto es también un derecho de todos. De las autoridades y de los ciudadanos. De los que circulan mecanizados y de los que caminan a pie. También en el tráfico, el bien común exige descubrir los valores de la solidaridad, del respeto mutuo y del amor a la vida.

La catequesis cristiana no puede olvidar ni despreciar este ámbito en el que la fe en el Dios de la vida ha de concretarse en el aprecio de esa vida donada por Dios y en el respeto a todos los hijos de Dios. Para el cristiano la responsabilidad vial puede concebirse como una aplicación concreta del mandato del amor a uno mismo y a los demás.

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