Artesanos de la Paz
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Los textos de este domingo están en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. El camino de Jesús es el camino de los cristianos. Por eso él, que era el Enviado de Dios, envía a setenta y dos discípulos. Este número tiene su importancia, pues debe ser interpretado como explícita significación de universalidad. Según el modo de pensar de los antiguos setenta y dos eran los pueblos que habitaban la tierra. El envío de Jesús es universal, el anuncio de su Reino es para todos: su salvación alcanza a la humanidad entera. Todo cristiano es enviado al mundo para predicar el Evangelio no sólo con palabras, sino con los gestos y las actitudes que dan credibilidad al mensaje que anuncia. La evangelización es hoy, también, la tarea primera y primordial de los cristianos. Así nos lo recuerdan los documentos del Magisterio eclesial. La necesidad, por otra parte, es bien patente. Sin tener que pensar en países lejanos y de misiones. Porque es bien claro que en nuestras viejas tierras cristianas están todos, o casi todos, bautizados, pero no todos evangelizados. Muchos de nuestros cristianos necesitan una segunda evangelización. Porque la primera fue infantil, como de primera comunión, y porque los tiempos que vivimos necesitan una verdadera confirmación en la fe. Además de que la verdadera evangelización es un proceso continuo.
El reino de Dios viene como paz, palabra demasiado usada en nuestra sociedad. Sabemos que muchas veces las naciones poderosas mantienen las guerras por intereses económicos, y sus presidentes tienen el cinismo de hablar de paz y de gastos de defensa para lograrla o mantenerla. ¿No serán gastos de ofensa? Vemos que en algunos países el orden social se mantiene a fuerza de represión, y se alardea de una paz montada sobre muchas opresiones e injusticias. Por otra parte, los hombres buscamos la paz interior, pero lo hacemos por caminos tan equivocados que no la encontramos. ¿Tenemos derecho a hablar tanto de paz, cuando las injusticias, represiones y faltas de libertad son tan constantes? ¿Podemos seguir permitiendo que la palabra paz sea una palabra más? ¿No es la paz algo muy serio para que se confunda con cualquier cosa y se proclame frívolamente? Hay muchas clases de paz: la política, la social, la de las relaciones internacionales; la paz con Dios, con los demás y con uno mismo. Cuando el evangelio se refiere a la paz, habla de todas ellas, sin excluir ninguna.
La paz de Dios es un don que se asienta sobre cuatro columnas: la verdad, la justicia, la libertad y el amor. El esfuerzo por la paz será verdadero si se asienta en esos valores. El cristiano es el artesano de la paz. La paz es la irrupción y la presencia en el mundo de los bienes evangélicos. Para anunciar esta paz es necesario poseerla antes y después comunicarla.