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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La liturgia del domingo nos presenta una de las parábolas más hermosas y sugerentes del Evangelio: la del buen samaritano. Hace 15 años el Sínodo Diocesano de León tomaba este texto como base para el Epílogo del Libro del Sínodo. Creo que merece la pena hoy reproducir algunas de sus frases, no para ahorrarme el trabajo de escribir unas líneas, sino que más bien conviene reproducirlas para recordar y recordar para vivir cada día lo que un día los católicos de León decidimos que había que hacer con vigor para mantener la fe en estas tierras del antiguo Reino de León.

«Nuestra esperanza se reafirma cuando descubrimos que, en muchas de las inquietudes y de los acontecimientos humanos, hay «semillas del Verbo»; cuando adivinamos que, en los signos de los tiempos, están semiocultas las caricias de Dios; cuando entendemos que, en todos los intentos por humanizar la vida, las relaciones y la cultura, está presente el susurro del Espíritu Santo. Fe y esperanza nos proyectan a ser testigos del Amor de quien nos amó primero. Nuestra caridad nace del corazón de Cristo dormido en la cruz y nos impulsa a admitir que Dios ama en nosotros lo que amaba en Él; a adivinar que, en el mandamiento nuevo del amor mutuo, está la señal de que su Amor es más fuerte que la muerte; a convertirnos en buenos samaritanos que hacen a los pobres y a los heridos por la vida nuestros preferidos; a poner la mano en el arado, sin volver la vista atrás, para roturar los surcos de un cielo nuevo y una tierra nueva, en la que ya no habrá ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. En nuestro caminar hacia la casa del Padre, queremos dejar que se imprima en nosotros la misma imagen del Dios que escucha el clamor de los pobres y que se abaja hacia ellos, lleno de piedad y de misericordia. Queremos ver, en el hermano necesitado, el mismo rostro de Cristo doliente. Queremos ser la posada en la que el Señor dejó denarios suficientes para atender a los asaltados por las crueldades de la vida, hasta que Él vuelva. Queremos ser Iglesia pobre y humilde, que camina al lado de los pobres, y hace, de la dedicación a ellos, su razón de ser y de actuar. Iluminados por la Palabra y poseídos por la Verdad, nos aprestamos, como las vírgenes que esperan la llegada del novio, a escudriñar los signos temporales que nos descubren que la fuerza salvadora del ángel de Dios sigue pasando por nuestra historia presente y haciendo, de la sangre y del sudor con que teñimos cada día las jambas de nuestras puertas, la víspera de la gran y definitiva Pascua. En medio, está el Cordero inmolado, que, al ser comido, nos abre los ojos para comprender que se nos autoriza a hacer este tramo de la historia humana en su compañía. Ésta se adivina cuando nos reunimos en su nombre, cuando partimos el pan que cada día nos da y cuando alargamos la mano a quien nos pide menos de lo que necesita».

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