Publicado por
pedro trapiello
León

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Si soy yo mujer y alguien me llama adúltera con desaire, me cago en sus putos muertos sin escatimar maldición. La palabra parece hecha para que suene a insulto, ¡adúltera!, estupendo esdrújulo para un tribunal de cornudos, furibundo improperio de los tíos que aplican desde la noche de la historia la sagrada ley de la maté porque era mía , tan vigente hoy hasta en tu barrio, tan presente y tan moral en la ley iraní, que quieren lapidar allí estos días a una mujer pillada en adulterio y condenada a morir por ello... qué bestias, qué ceguera...

Visto desde esta orilla del mundo y de las culturas, sorprende y escandaliza el castigo descomunal que tantos códigos y religiones han venido imponiendo a la mujer que se moja en amores o picores fuera del redil conyugal. La cosa está muy estudiada y descrita por antropólogos y sociólogos: el hombre necesita a toda costa tener la certeza de que su heredero es de su sangre ( la familia es la base y la propiedad su pistola; todo lo hacemos por los hijos , por mis hijos); y la segunda certeza exigida es que su mujer sea sólo suya, aunque no la cumpla, ni la quiera o la martirice con cargas, desprecios y guantazos. Sólo él la goza o la mata, ¿está claro?... «desde el tiempo de las cavernas», dijo Eulogio el pelayo .

Por cierto, si los cuernos son desde siempre el peor ridículo y ofensa para un varón dominante, ¿se inventaría el turbante para disimularlos y por eso no se lo apean ni al dormir?... y si cuatro países islámicos siguen empeñados en lapidar a la adúltera, ¿es porque la mayoría musulmana ya no les hace caso y necesitan seguir dando un escarmiento ejemplar que meta el terror en el alma de toda esposa enclaustrada en patios ciegos y ropones con celosía?... Pero ¿por qué nos encabronamos tanto los hombres con los cuernos y, sin embargo, no dejamos de pensar todo el día en ponérselos a otros?...

La sospecha corroe. Hasta que se inventó el adn , ningún hombre tuvo jamás la certeza absoluta de que su hijo fuera realmente suyo. Qué mosqueo. La historia está llena de estos recelos y de crímenes sonados... hijos bastardos llegaron a devastar fortunas y títulos... por eso a las adúlteras no las lapidamos aquí con una puta ley mora; somos civilizados, las matamos en casa.

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