Las Exequias Reales en Madrid
Fueron el medio para institucionalizar la muerte y en ellas se mostraba la adhesión de la entidad organizadora a la dinastía reinante o al sucesor del monarca fallecido

Con los Borbones Madrid se pondrá a la cabeza en la consecución de las exequias reales.
A la hora de analizar el alcance de la muerte de un monarca no debemos perder de vista la dualidad de su figura. Al fallecimiento de su persona física debemos añadirle el deceso del ente político. No obstante, para este último no es concebible la muerte, ya que ello generaría una profunda crisis devenida del vacío de poder. Es por ello, que ante la muerte del Rey, todos los esfuerzos se encaminarán a mostrar la continuidad dinástica y gubernamental. Esta idea, magistralmente tratada por Ernst H. Kantorwicz en su obra Los dos cuerpos del Rey, es el punto de partida para entender el valor y la significación de las Exequias Reales tratadas en el libro «Las Exequias Reales en Madrid» editado por la Universidad de León y escrito por la autora de este artículo.
El fallecimiento de un miembro de la casa reinante se organizaba en base a una serie de actos protocolarios. En épocas de crisis y convulsión política, como la que se trata en esta obra, el deceso de la figura regia significaba un vacío gubernamental que debía ser rápidamente resuelto con el alzamiento del sucesor. A finales del siglo XVII, el enfermizo Carlos II no lograba engendrar un heredero. A la misma velocidad que su salud empeoraba, las potencias europeas afilaban sus espadas para hacerse con un imperio extenso y decadente que no podría gobernarse por sí solo. Finalmente, Carlos II nombra sucesor a un joven Felipe de Anjou. Por su parte, el Imperio Austriaco que había defendido sus derechos a la sucesión de los territorios hispanos, se levanta en armas contra Francia y España dando origen a la Guerra de Sucesión. Ante esta situación las luchas no tienen lugar únicamente en el campo de batalla, sino que la propaganda y la apología han sido, y siguen siendo, un importante elemento generador de alianzas. Así, las Exequias, funerales simbólicos en honor de las figuras regias fallecidas, de obligado cumplimiento por todas las ciudades y corporaciones del reino, fueron el medio para institucionalizar la muerte y en las que se mostraba la adhesión de la entidad organizadora a la dinastía reinante o al sucesor del monarca fallecido. Tras la subida al trono hispano de Felipe V, y ante el continuo ataque hacia su legitimidad, no dudó en emplear estos actos como muestra de la adhesión, a su persona, de las diferentes corporaciones y ciudades hispanas.
1397124194 Los Borbones. En el siglo XVIII, y tras la centralización sufrida con los Borbones, Madrid se pondrá a la cabeza en la consecución de estos actos. Pero la Villa de Madrid, que nunca ha contado con el título de ciudad, había dado origen dentro de su mismo suelo al Madrid de la Corte. Ciertamente, Villa y Corte eran dos entes muy diferentes, y que en muchas ocasiones se vieron enfrentados. De esta manera se entiende que, tanto en la Corte, como en la Villa, se realizaran fastuosas ceremonias y se imprimieran sus correspondientes Relaciones de Exequias. Si la Corte utilizó estos actos como método de legitimación de la nueva casa reinante, la Villa buscó mostrar su magnificencia y su adhesión a la dinastía borbónica.
Estas honras se celebraban pasados varios meses del fallecimiento del personaje en cuestión, tiempo suficiente para que literatos, artistas y maestros de oficios construyeran el aparato ornamental y propagandístico que acompañaba a esta teatralización de la muerte.
Por si no fuera poco, la entidad organizadora encargaba a un erudito la redacción del texto denominado Relación de Exequias, donde más que narrar la propia celebración, se reconstruía el acto en base al mensaje promovido desde el poder.
Esta exégesis es una de las fuentes fundamentales para el estudio de los actos, ya que todo el aparato artístico era, indudablemente, de carácter efímero. Para plasmar la riqueza de las honras, los narradores se entretenían en describir toda la ornamentación del templo: túmulos, alegorías, epitafios y jeroglíficos.
Estos últimos eran imágenes significativas, emblemas con un contenido político y moral que eran acompañados por un mote y una breve explicación lírica. A todo ello debemos añadirles la edición de los sermones fúnebres declamados por los más sobresalientes predicadores, cuyo mensaje no estaba vinculado específicamente al ámbito religioso y espiritual, sino que poseía un contenido político ineludible.
Este conjunto de obras, en cuanto a su visión significativa y su cuidado mensaje político, en nada tendrían que envidiar a los actuales lemas políticos, carteles propagandísticos y mítines que se multiplican antes de unas elecciones.
Por todo ello, la finalidad de este libro es ilustrar el mantenimiento del aparato celebrativo de las Exequias Reales durante el primer tercio del siglo XVIII en el entorno madrileño. Su funcionalidad comunicativa, propagandística y legitimadora fue un aspecto que no pasó desapercibido a la nueva dinastía en el poder, los Borbones. Estos encargaron fastuosas ceremonias en honor de príncipes y reyes franceses, reinas hispanas y sus más allegados familiares. Tanto la Corte y la Villa contaron, para estas ceremonias, con los artistas más importantes del periodo, como Teodoro Ardemans o Pedro de Ribera, con dramaturgos de la talla de Antonio Zamora o José de Cañizares e intelectuales como Fray Juan Interián de Ayala, uno de los fundadores de la Real Academia de la Lengua.